BIOGRAFIA DE SANTA MARAVILLAS



                        VIDA DE LA MADRE MARAVILLAS



INTRODUCCIÓN


La Madre Maravillas ha adquirido después de su muerte una gran resonancia en el Carmelo y aun en toda la Iglesia. No nos extrañemos de que sea la que menos ha tardado en subir a los altares entre todas las Carmelitas: veinticuatro años escasos. La Santa Madre Teresa tardó treinta y dos y la misma santa Teresita, veintiséis. Es un número récord. Se la ha llamado la santa Teresa del siglo XX.  Con razón. Sus fundaciones y su vida han impresionado mucho. Y su presencia y actuaciones han tenido un eco providencial y profético. Esta pequeña biografía de urgencia, con motivo de su beatificación, quiere ser un humilde homenaje a esta mujer extraordinaria, es decir, a la gloria de Dios, porque todo es gracia.

1.     Ambiente familiar


En la Carrera de San Jerónimo, nº 28, hoy 40, en el corazón de Madrid, nacía una niña (cuarta de sus hermanos) hija de don Luis Pidal y Mon, y de doña Cristina Chico de Guzmán, Marqueses de Pidal, el día 4 de noviembre de 1891. Estaban entonces en Roma, pues don Luis era embajador ante la Santa Sede, pero vinieron a España para que el hijo que esperaban, naciera aquí. La niña fue bautizada poco después, el día 12, en la parroquia de San Sebastián.
Personaje importante don Luis Pidal. Junto con su hermano, el filósofo don Alejandro Pidal, había creado en 1881 el partido político “La Unión Católica”, un movimiento que recibió los plácemes de León XIII y de casi todo el episcopado español, pero que fracasó en su empeño, a causa de las divisiones entre los católicos: integristas, carlistas, “mestizos” llamaron a los “pidalistas” porque desde una perspectiva  cristiana quisieron tomar parte en la política “conservadora”, a fin de velar por los intereses de la Iglesia y Órdenes Religiosas. Por eso ambos Pidales aceptaron ministerios, y don Luis la Embajada del Vaticano y la Presidencia del Consejo de Estado, desde donde pudo conseguir, entre otras cosas, evitar una ruptura en 1910 entre la Santa Sede y España. Condecorado repetidas veces, entre otras distinciones, con el preciado “Toisón de oro”, murió santamente el 19 de diciembre de 1913.
En un ambiente, pues, de profunda religiosidad, de alta cultura y de eminente distinción social se inició la vida de Maravillas Pidal.

La infancia

Transcurrió en familia. Su abuela materna, doña Patricia Muñoz, se encargó principalmente de la educación de la niña. Era una persona piadosísima, que vivía su viudedad como una religiosa, en austeridad y en caridades. Pasaban muchas temporadas en Carrascalejo, cerca de Bullas (Murcia) o en Santa María, cerca de Tarancón (Cuenca), en fincas de los abuelos maternos.
La niña, desde los primeros años, se revelaba avispada e inteligente. Ese contacto con la naturaleza vino, sin duda, muy bien para su formación humana y práctica. Y, sobre todo, inclinada a la virtud, el clima familiar no era para menos. Recibió la primera comunión el 7 de mayo de 1902. No fue a colegios, sino que aprendió con institutrices y aprendió inglés y francés y cultura general. La mujer comenzaba entonces la conquista de los estudios superiores pero entonces no era fácil.
La infancia fue en su conjunto una infancia normal, con sus juegos y travesuras con sus hermanos y amigas. Sólo una cosa hay que destacar: a los cinco años hizo voto de castidad en el desván de casa llevando de testigo (creía que eso era necesario) a una criada. Sería un voto a su modo. Pero respondía a un contenido serio. Madre Maravillas repetiría, años después, que su vocación a la vida religiosa nació con ella. Y esto objetivamente es verdad. Las semillas de la especial manera de vivir cada uno la vida cristiana quedan sembradas con la gracia bautismal, y luego la descubre (si es que hace por descubrirla) cuando y como Dios quiere y da capacidad para ello. Esta gracia de intuir infantilmente su vocación religiosa la recibió muy pronto la niña y  nunca se le borró del alma. Más adelante la renovaría más conscientemente.
Entre sus defectos estaba el genio vivo, que a veces manifestaba en sus juegos, pero del cual, con actos enérgicos, se fue dominando decididamente.

Juventud

Su juventud fue la que podía esperarse de su ambiente familiar y social y de sus buenas cualidades.
Tuvo que alternar con sus familiares en reuniones y fiestas de la alta sociedad de sus tiempos. Fueron los de la falsa pacificación alfonsina, cuando España se adormecía con una alternancia política de conservadores y liberales, mientras los acontecimientos y los movimientos de fondo anunciaban tiempos cada vez peores. La Institución Libre de Enseñanza, el Socialismo, la pérdida de las últimas colonias, la semana trágica de Barcelona, la anarquía que se siguió a la primera guerra mundial, etc. El Marqués de Pidal tuvo que actuar desde dentro, y pudo informar muy bien a su hija, con la que se entendía magníficamente. Ella le acompañaba muchos ratos charlando de religión, de historia, de política… y tocando con él el piano a cuatro manos, etc.
Tuvo que asistir a fiestas y reuniones sociales, siempre con la discreción y delicadeza en todo de su familia.  Nada menos bueno hubo de reprocharse nunca.
Enseguida se puso bajo la dirección del padre Juan Francisco López, santo y sabio jesuita, que la fue llevando a una madurez espiritual más profunda, y la animó a dedicarse a una vida de caridades múltiples. En Carrascalejo, en Tarancón, y sobre todo en Madrid con sor Julia, Hija de la Caridad, Maravillas derrochó sacrificios y dinero visitando a los pobres, catequizando en el barrio de las Injurias, acompañada siempre por alguna persona. Para sus visitas solía alquilar un “simón”, coche de alquiler de la época, y no utilizaba el de sus padres, salvo alguna excepción.
¿Y su vocación? En 1913 moría su padre, como dijimos. Maravillas le asistió continuamente día y noche en su larga enfermedad; fue un momento para ella durísimo. Sus hermanos, Niní y Alfonso, se habían casado, quedaba sola su  madre. Y el padre López dijo que no por entonces. Su  misión inmediata era atender a su madre y a sus caridades. (Nótese que de la “justicia social” no se hablaba entonces, que en ese aspecto los católicos perdieron el tren, a pesar de iniciativas y esfuerzos generosos de muchos, que fueron preparando el camino).
Esperar años… Deseosa,  pero serena, con dominio perfecto de sí. ¿Cuándo? Cuando dé permiso su madre… ¿Dónde? Un día su prima Dolores Pidal le ha hablado del Carmelo y Maravillas ha comenzado a conocer a las Carmelitas (en San José de Ávila, etc.). Esto le ha encantado: encerrarse, que se olviden de ella, oración, silencio…, pues responde a sus más íntimas querencias. ¿El lugar? Un día ha ido con una amiga a visitar a las Carmelitas de El Escorial (Madrid). Y dio con su sitio. Pero el padre López le ha prohibido hablar de ello en un año, y Maravillas calla. Estando en Covadonga, se cumple el tiempo prescrito por su director. Maravillas le escribe: “Padre, quiero que sepa que yo sigo pensando lo mismo”. Y, Dios lo hizo posible. Poco después, su familia, en San Sebastián, cayó con la epidemia mortal de la gripe, y ella, a pesar de los ruegos de su madre, voló a atenderles, hasta caer ella misma con la gripe. Estuvo gravísima. Esto hizo reflexionar a su madre. Si hubiera muerto su hija, la habría perdido mucho más que si se fuera al convento. Y le dio permiso. Para las dos era un gran sacrificio, pero Dios ha de ser “el mejor servido” siempre.

2. El Carmelo


El Carmelo de El Escorial había sido fundado por la Madre María Josefa del Corazón de Jesús, del Carmelo de Salamanca, en 1910. Era hija de los barones de Andilla, y quiso emplear su fortuna en la nueva fundación. Sería, dada su devoción al Sagrado Corazón, uno de los primeros que llevarían ese nombre en España. Era mujer de grandes cualidades y deseos. El convento está situado en lo más alto de El Escorial, dominando el monasterio y el caserío del pueblo.
La amiga de Maravillas pasó sola al locutorio, mientras ella hacía oración en la iglesia. Luego fue llamada, pues querían saludarla y conocerla las monjas. La pequeña de Pidal ¿no tendría vocación? Madre María Josefa dio en el clavo. “Claro, hay personas que hacen en el mundo una vida buena, muy buena si se quiere, pero siempre haciendo su propia voluntad… Además, todo el mundo las aplaude, las tiene por santas. Esa aureola hace más fácil cualquier sacrificio que se haga. Dentro, ¡ya es otra cosa!, aquí aparece todo en la verdad”. Maravillas decide en su interior:”Esta maestra es la que a mí me conviene”. Sí, será Carmelita en El Escorial, allí la llama Dios.
Vencidas las últimas resistencias, el día 12 de octubre de 1919 entraba en El Escorial de postulante, y tomaba el hábito el 21 de abril del 20. Este acto tuvo su resonancia elogiosa hasta en la prensa liberal de entonces. Al año siguiente, el 7 de mayo, hacía sus primeros votos.
La Hermana Maravillas fue una novicia y luego una profesa “perfecta”, como suelen ser muchas otras. Tenía veintisiete años y mucha madurez humana. Supo adaptarse enseguida al nuevo género de vida del convento. No sin algunas dificultades, como la de una rodilla enferma que le impidió durante algún tiempo ejercitarse en algunos trabajos, teniendo que hacer la oración sentada mientras las demás estaban de rodillas. Fue para ella una verdadera humillación. En 1924 la gripe invadió a toda la comunidad, sólo quedaron en pie las tres más jóvenes, que lo atendieron todo.
La Hermana Maravillas luchaba contra un sentimiento de vanidad que no lograba arrancar de su alma. Siendo postulante, recibió una gracia del Señor, una de esas palabras sustanciales, que dice san Juan de la Cruz, que hacen lo que quieren significar, que no se olvidan nunca, pues se graban a fuego. Un buen día en el locutorio alguien dejó caer un elogio sobre ella que redundó en complacencia de la misma. En el mismo instante le pareció oír en su alma estas palabras del Señor: “Y a Mí me tuvieron por loco”. Hermana Maravillas quedó curada para siempre: una santa obsesión la acompañará ya toda la vida.
Escribirá años después: “Desde entonces se trocaron todos esos tan vanos deseos en el muy grande que desde entonces tengo, de ser despreciada, y me vi, sólo por la misericordia de Dios, libre de aquella tan grande miseria”.

3. El Cerro de los Ángeles


El Cerro está considerado como el centro geográfico de España. Un cerro pelado, junto a Getafe, cerca de Madrid, con una ermita dedicada a la Virgen de los Ángeles, que le da nombre. Desde tiempos atrás unos u otros habían pensado hacer en él “algo”. En la segunda década del siglo XX fue tomando cuerpo la idea de erigir allí un monumento al Corazón de Jesús. Y llegó a hacerse.
Fue un monumento agradable, obra de Aniceto Marinas. Y su inauguración fue esplendorosa, el día 30 de mayo de 1919. Alfonso XIII, ante su familia, el Gobierno, diversas entidades y una gran muchedumbre, leyó una vibrante consagración de España al Sagrado Corazón. Fue un acto valiente del Rey, y un día de gloria. Después de esa gran fiesta, el monumento quedó allí a la intemperie, solo… Para la España católica aquel acto tuvo un sentido entrañable, cordial. Pero… había dos Españas. El mismo acto de consagración que leyera el Rey lo insinuaba. Estamos en la cresta de la ola de anarquía que se siguió a la primera guerra europea, y la situación política y social era cada vez más insegura. El monumento del Cerro era un desafío a la “otra” España. No nos extrañemos de que después de la breve paz primorriberiana, el monumento fuese sacrílegamente destruido.
Pero antes, ya dije, estaba solo. Allí hacía falta algo, que invitase a peregrinar a aquel lugar, que le diese vida espiritual, que tuviese acogida para celebraciones, para actos religiosos. Era necesaria, sobre todo, una congregación que envolviese al Sagrado Corazón en amor reparador, que hiciese del Cerro un centro vivo de oración para pedir su reinado efectivo sobre “toda” España, sobre el mundo. Y Él mismo inspiró la idea de fundar allí un Carmelo, como una lámpara siempre encendida junto a  su imagen.
La Hermana Maravillas de Jesús, en junio del 23, tuvo esa inspiración viva y penetrante, que coincidió con otra hecha repetidamente, en septiembre, a la hermana Rosario de Jesús, del mismo convento. “Porque quiero que tú y esa otra religiosa os inmoléis continuamente por la gloria de mi Divino Corazón”. Estamos en el clima de las revelaciones privadas. Ambas religiosas hablaron con la Madre María Josefa, que quedó entusiasmada y dispuesta a tomar parte y apoyar la fundación.
Y empezaron por las consultas de rigor: Provincial de la Orden, Prior de Madrid, nuestro conocido padre López s.j., padre Juan Tomás o.c.d., que había dado varias veces ejercicios en El Escorial, padre Mateo Crawley, el apóstol de las consagraciones al Corazón de Jesús, que tanto intervino en la erección del monumento. Todos aprobaban la idea. Pero la cosa era realizarla. Madre María Josefa quiso consultar al padre Alfonso Torres s.j., que estaba entonces en el apogeo de su apostolado en Madrid. El padre Torres nunca se había dedicado a confesar monjas. Pero salió del convento decidido a hacer alguna gestión. Y esta fue irse al día siguiente a hablarlo con su amigo el Vicario General de Madrid, don Antonio García (futuro Arzobispo de Valladolid). De momento les pareció algo imposible: unas monjas allí, solas, sin medios… Pero quedaron en decírselo al obispo don Leopoldo Eijo Garay, que, pensaban, lo rechazaría. Sin embargo el doctor Eijo quedó entusiasmado con la idea: “Hijas de santa Teresa en el Cerro de los Ángeles… ¿Cómo no voy a querer? Aquí está la mano de Dios…”. Después de hacer los tres una novena al Espíritu Santo, unánimemente acordaron que sí. Ahora había que ir del sueño místico a la tarea ascética.
Se alquiló una casita en Getafe para establecer en ella un convento en miniatura, desde donde las fundadoras estuviesen al tanto de la construcción del convento. En todo estuvo el señor Obispo, verdadero cofundador del monasterio del Cerro. Y el día 19 de mayo del 24 salieron para el Cerro las cuatro religiosas: las tres ya citadas más la hermana Josefina de Santa Teresa, hermana del padre Silverio. Les esperaban en el Cerro el señor Obispo, el padre Torres, don Antonio García, la madre de la Hermana Maravillas, etc. Luego bajaron a la casita de Getafe y empezó la vida del Carmelo con toda seriedad. El 30 de mayo de ese año 24, Hermana Maravillas pudo hacer allí su profesión solemne. Y las obras del convento del Cerro comenzaron el 12 de abril del 25, y pudieron trasladarse ya a él el 31 de octubre del 26. Pero antes, el 28 de junio de 1926, el señor Obispo nombraba priora de la fundación a la Hermana Maravillas (hasta entonces hizo de presidenta la Madre María Josefa). No valieron las excusas de aquélla. Y el ser priora fue para ella una carga abrumadora que Dios le exigió hasta su muerte.

4. En el Cerro


Y ahora a sufrir con la carga de los prioratos: El Cerro, Mancera, Duruelo, Arenas de San Pedro, La Aldehuela. Los comienzos hubieron de ser duros. Hacía de priora en Getafe la Madre María Josefa, y parecía lógico: era la más antigua, la fundadora de El Escorial de donde salía esta nueva fundación; la hermana Rosario era también más antigua…, y nombra el señor Obispo, que había ya comenzado a percatarse de su valía, a una casi novicia. A través de las cartas de Madre Maravillas al padre Torres vemos cuánto le ha costado el cargo: “Lo peor que puede ocurrir a una Carmelita”, escribe. Está segura de que el convento se ha fundado, sí, por inspiración divina (de esto no dudó nunca), pero sin fundamento al ponerla a ella al frente. Le parece que hace daño a sus hijas, y cuando ve que éstas salen monjas excelentes de sus manos formadoras, lo atribuye a que Dios las ha cegado para poder hacer su obra, a pesar de ella. De ahí, su forcejeo para liberarse del priorato siempre que hay nuevas elecciones; su deseo de irse lejos, a misiones, a Inglaterra, a un convento pobre y desconocido donde no sea nada y la desprecien, a donde “la teman” por haber mandado siempre, o volver a El Escorial para que la tengan por ligera y crean que va despechada, después de no haber sido elegida, etc. (Véanse cartas del mes de julio del año 1926; agosto del 26; enero del 27; junio del 27; julio del 27; 2 de enero de 1929; mayo del 29; mayo del 30; 3 de marzo de 1931; etc., etc.).
Su tarea en el convento del Cerro fue, en primer lugar, la de formar a sus novicias. Las vocaciones, ya desde Getafe, afluían numerosas. Madre Maravillas tuvo para esto un carisma especial. Fue la “maestra” perfecta. A veces a mí mismo me parecía exagerado, pero sus monjas han insistido reiteradamente.
¿Cómo lo hacía? Ella no trazó nunca un programa sistemático sobre el tema. Pero sí a través de sus cartas a las respectivas prioras. Lo primero, claro, el ir ella por delante en todo: oración, sacrificio, trabajos, abnegación sin límites… Lo segundo (como consecuencia de lo primero) “ser amada para ser obedecida”, según consejo de la Santa Madre Teresa en sus Constituciones. Para ello fundarlas bien en el ideal del Carmelo. Buscar siempre el rostro “desconocido y amado de Cristo, nuestro Bien”, y olvidarse de sí mismas y darse, por Él, incondicionalmente a los demás: la Iglesia, los sacerdotes, las hermanas, las almas todas… Así lo hacía Madre Maravillas. Las que convivieron con ella pudieron comprobar a través de mil imponderables de todos los días y de hechos especiales y hasta heroicos, que la imagen de la Madre que se habían formado no era una mitificación sin fundamento, sino una realidad evidente, sin exageraciones ñoñas. Se dio a lo largo de sus años de fundadora el milagro de que sin mandar era amorosamente obedecida como acabamos de decir. Y de que en todos los monasterios que fue fundando y de los que no era priora se la tuviera por madre, por la unión de corazones que logró hacer de todas sus Carmelitas (fuera de algunas raras excepciones, que también se dieron, y que siempre se dan en todas partes). Dije antes que ella no escribió un “tratado” sobre el tema, ni hacía falta, porque santa Teresa lo dejó ya escrito: el Camino de perfección es el idearium que da vida a las Constituciones de las Carmelitas. Y que fue el que enseñó Madre Maravillas a sus hijas con su vida, sus palabras, cartas y “billetes” (pequeñas notas o papelillos para cada una en determinados momentos).
Anotemos también que esa formación amorosa era, a la vez, necesariamente exigente, pero sin rigor indebido: el amor lo hace posible todo y lo suaviza todo. Ya la observancia del Carmelo teresiano pide mucho,  y basta, si es vivida con amor, para hacer santas. Sobre todo las delicadezas, “las piedades” que decía santa Teresa, de Madre Maravillas para con las enfermas y necesitadas eran algo inagotable, al mismo tiempo que en lo que se refería a ella no hacía ni caso; esto podía hacerlo por ser priora. Era muy inteligente y prudente y  más bien silenciosa.
Con todo, sus enfermedades se delataban ellas mismas a veces. Desde los primeros años del Cerro su estómago padeció serios trastornos, y otros achaques. Años más tarde sufrió frecuentes pulmonías que “curaba” arropada en una manta, sentada en el suelo, arrimada a la tarima. Así pasaba las noches y los días. La intervención de sus directores, que la obligaron a que se cuidase, remedió en ocasiones algunos problemas. Volveremos sobre ello.
Pero en el Cero tuvo también otros quehaceres. El monasterio se había fundado para amar y reparar por todos al divino Corazón. La política fue deteriorándose y haciéndose anticlerical y hostil a la Iglesia, hasta desembocar en la República. Todas las noches una hermana, desde una ventana que permitía ver la sagrada imagen, velaba por si pasaba algo. Se turnaban dos. Madre Maravillas, todas las noches. Muchas veces se hace la encontradiza para quitar el miedo a las “velantes”. Hasta pidió a Roma el permiso, que le fue concedido, de poder, en caso de ataque, salir a rodear el monumento para defenderlo con sus vidas. Sería, para ellas, el más cruel de los martirios, más grande que perder la vida, el dejarlo solo entre sus enemigos. “Si tiene que escuchar gritos de odio, que pueda oír también nuestras alabanzas”, escribía Madre Maravillas.
Surgieron también las compañías de Obreros de San José y de obreras de Nuestra Señora del Pilar, que pasaban las noches de los fines de semana en adoración en la iglesia del Carmelo, y ocupaban unas dependencias junto al convento, que la Madre les dejaba. Fue obra principal de doña Catalina Urquijo de Oriol, apoyada por la Madre. Esta señora ayudó a Madre Maravillas en todo tiempo y necesidades.
Consignemos también que Madre Maravillas en sus fundaciones quiso vivir la pobreza extrema. Por eso conventitos pequeños, huerta cultivable, pequeñas granjas avícolas, telares, rosarios de rosas (costó años conseguir maquinaria a propósito para hacerlos), labores y objetos religiosos, imágenes que ellas fabrican, etc. Para poder vivir del trabajo manual y de la Providencia de Dios, sin “demandar” para sí  mismas y dando cuanto podían a los más necesitados. Esta consigna de vivir del trabajo manual, que ya señalaba santa Teresa. Madre Maravillas la actualizó e hizo vivir en sus conventos enérgicamente, como después se ha acentuado en todos los conventos de clausura. Sus cartas están salpicadas de estos deseos. Escribía: “Qué ganas tengo de la verdadera pobreza de nuestro Cristo, y de aprovechar lo poco que me quede de vida, para practicarla, a ejemplo suyo”.

5. Tiempos recios


Yo aquí no haga historia. Y menos de España. La de la República del 14 de abril de 1931 y la de la guerra del 36 al 39 ya está hecha, en parte, y en mucha parte todavía no. La República vino con su zarabanda de quemas de conventos, de leyes anticlericales, expulsión de los jesuitas, etc. La guerra, con sus horrores en ambas partes.
En estas circunstancias, Madre Maravillas dio toda su  medida de serenidad y fortaleza, de confianza en Dios. El 11 de mayo, cuando la primera quema de conventos, el señor Obispo les mandó salir del Carmelo. Madre Maravillas salió, pero se quedó en el Cerro, en la casa de los capellanes con dos hermanas. Todas volvieron a reunirse al día siguiente, sin faltar una, aunque la Madre las dejaba en libertad de regresar o quedarse con sus familias.
Esos años fueron de continuos sobresaltos e intranquilidades. Aunque su estado de ánimo está reflejado en este fragmento de una carta de mediados de diciembre de 1931 al padre Torres: “Lo que sí me parece notar es que por ahora quiere el Señor que sólo me importen sus cosas. Cuando nos preguntan si estamos preocupadas, si tenemos miedo, me suena tan raro, me parece que tiene tan poca importancia cuanto a nosotras nos pueda pasar y que sólo la tiene la gloria de Dios”.
Bueno, muy en resumen: a pesar de todo, en 1933 se hizo la fundación de la India, de que más tarde hablaremos. Téngase en cuenta además que su madre había muerto, prácticamente sola, el 13 de enero de 1932, y que el padre Torres tiene que expatriarse ante las circunstancias de la revolución. Quiere eso decir que Madre Maravillas quedaba más despojada de toda ayuda y consuelo humanos.
Por fin, el 18 de julio del 36 estalló la guerra. Las Carmelitas del Cerro fueron expulsadas el día 22 de su convento, y llevadas detenidas al colegio de las Ursulinas de Getafe, y esto gracias a la intervención del alcalde, “el Ruso”, que de tiempo atrás había sido conquistado por el trato de la Madre. Allí estuvieron protegidas por la bandera francesa que defendía la casa, hasta el 7 de agosto en que el monumento, al que velaban en oración y sacrificio, fue horriblemente destruido. Entonces pidieron ser trasladadas a Madrid, y se lo concedieron refugiándose en un piso muy pequeño del familiar de una hermana, que estaba vacío, en la calle de Claudio Coello, 33.
Allí, hacinadas, vivieron trece meses una vida heroica, de privaciones y de estrecheces, en la espera continua del martirio. Tuvieron muchos días Misa, y siempre el Santísimo Sacramento para adorar y reparar a todas horas. Además, hicieron lo posible por seguir la vida del convento. Digo en espera del martirio, que lo tuvieron casi a la mano. Un día, una patrulla de milicianos dirigidos por el célebre Avelino Cabrejas les hizo una inspección que terminó después de un registro y de una larga conversación con la Madre. Cabrejas, pistola en mano, quedó impresionado por la serenidad y el equilibrio de ésta. Otro día volvió, “en plan de amigo”, a visitarlas, con otro camarada de aspecto más fiero aún. Quedaron más admirados oyéndolas contar sus deseos de morir por el Señor, con tanta alegría.
Pero el 13 de septiembre del 37, ante la consigna general de evacuación de Madrid, Madre Maravillas, en medio de peligros innumerables, consiguió valientemente salir con todas, más algunas otras personas allegadas y el padre Florencio del Niño Jesús, prior de los Carmelitas Descalzos de Madrid, que se había amparado en ellas, haciéndoles de capellán. El viaje, en camión hasta Valencia, en tren hasta Francia, fue épico de aventuras y dificultades. Ya en Francia pudieron detenerse un día en Lourdes, y llegar a España, hasta terminar el 28 del mismo mes en el Desierto de las Batuecas, antiguo desierto de la Orden, que los Carmelitas lamentaban haber vendido.
Providencialmente la finca volvió a recuperarla la Madre poco antes de empezar la guerra, gracias a la generosidad de la hermana Dolores de Jesús (Gandarias), que aún siendo novicia, ofreció todos sus bienes a Madre Maravillas. Allí se instalaron como pudieron en la pequeña casa-hospedería, que era lo único que estaba en pie del antiguo yermo carmelitano.
Fue un año largo de pobreza total, pero lleno de aire, de sol, de silencio, de soledad, de paz. Bien lo necesitaban. En el Desierto, aunque no tenían clausura, se hacía todo como en el convento. La Madre se hubiera quedado allí. Pero había que volver al Cerro en cuanto fuera posible.
En la primavera del 38, al ser liberado Getafe, salió de las Batuecas para comprobar el estado del convento. Aunque el Cerro era línea de fuego, se atrevió a subir. Estaba en estado lamentable, ocupado todo el tiempo por milicianos y soldados. Se puede suponer. La Madre tuvo valor: pegada a la pared de la huerta pudo ver que el enterramiento de Madre María Josefa no había sido profanado. Porque Madre María Josefa murió santamente el 2 de julio del 36 después de una enfermedad dolorosísima, en la que Madre Maravillas derrochó días y noches de exquisita caridad.
Pero volvió enseguida a las Batuecas, de donde salió definitivamente el 4 de marzo del 39. Urgía recuperar aquellas ruinas. Quedó, sin embargo, parte de la primitiva comunidad en las Batuecas, pues el señor Obispo de Coria-Cáceres, de quien dependía aquel valle, se empeñó y consiguió de la Madre un Carmelo estable allí, que se erigió canónicamente el 1 de marzo. El desgarrón fue un inmenso sacrificio para todas. “Ya no volveremos a hacer una fundación más”, comentó con sus hijas. Pero las fundaciones la esperaban numerosas, hasta su muerte…
Y ahora, a restaurar el convento del Cerro. Un trabajo ímprobo. No hubo quien quisiera limpiar las inmundicias, más que prácticamente ellas. Vivían de nuevo en las religiosas Ursulinas y subían y bajaban todos los días al Cerro. Sin agua apenas. Sin nada. Las toneladas de basura había que cargarlas en los camiones. Apareció una bomba sin estallar, que los soldados se resistían a tocar. Ella, valientemente, prohibiendo a sus hijas que se acercaran, la llevó hasta el camión. Provisionalmente se acomodaron, como pudieron, en unas habitaciones de la casa de capellanes, que habían habilitado. El 22 de junio del 39 se pudo establecer la clausura. Pero se tardarán dos años hasta ver las obras terminadas.

6. Funda en la India


La fundación en la India se hizo antes de la Guerra Civil, en los años mismos de la República de España.
La India es un país de religiosidad extraña y ancestral. Y de una psicología apta para la contemplación y para el sentimiento religioso. Un convento de Carmelitas germinaría allí con cierta facilidad. Y así fue.
En otoño de 1932 visitaba el Cerro un obispo misionero Carmelita, el Obispo de Vijayapuram, diócesis recién desmembrada de la de Verápoly. Pedía una fundación a sus hermanas Carmelitas. La acogida fue calurosa. Y enseguida hubo quienes se ofrecieron a ir, empezando por Madre Maravillas. Pero a ella no la dejaron los superiores.
Bueno, la tramitación duró un año. Y el 11 de septiembre del 33 salían para la India ocho hermanas, al frente de las cuales iba la hermana Rosario, una de las cuatro fundadoras del Cerro. Las peripecias del viaje en barcos, en trenes, pueden imaginarse. Y a primeros de octubre arribaban en la India. Primero habitaron en una casita provisional junto al río, mientras se construía el convento en una altura que empezó a llamarse Santa Teresa. En Kottayam, que era la ciudad prefijada. La solemnísima inauguración tuvo lugar el mes de junio de 1934.
Las monjas se aclimataron pronto a aquel ambiente tan distinto en todo al de la cultura europea.
La lengua, el malayalam, la desconocían por completo, aunque les parecía que los sermones “debían de ser preciosos”. Los amplios cocoteros; el caimán que pasa ante la casita para saludarlas sin meterse con ellas; ya en el monasterio, la gran serpiente venenosísima que se cuela en el huerto y se enrosca en un arbusto hasta que llegan los expertos; los monos que andan por él como por su casa y que un día se meten por las ventanas y toman los breviarios en la mano, abiertos o como fuera (¡qué más les daba!) remedando a las monjas; el clima, que les hace sudar a las pobres hasta mojar el suelo del coro…
Pero los sacrificios florecen en conversiones, como la del joven Cherian, cismático jacobita, que después del trabajo se iba todas las tardes a pasar un rato en la capilla, se convierte con toda su familia y llega a ser Mar Athanasius, obispo de Thiruvalla. En este lugar, en 1950, fundan otro Carmelo, del cual sale en 1962 otro, el de Kottiyam. Las vocaciones se multiplican en aquellas tierras fecundas. Y Madre Maravillas desde España les envía más monjas y las ayuda con sus cartas y sus limosnas a todas.
Ella en el Cerro sigue también recibiendo más y más jóvenes. Los años de la posguerra española trajeron un florecer de generosidades. Y eso que ella estaba “haciendo un daño horroroso a esta comunidad. ¿Cómo podría yo dejar esto?” (Carta al padre Torres, 19 de junio de 1931). “¿Qué le parece podría hacer eficaz para impedir que estas hermanas puedan hacer ninguna tontería?” (la de volverla a elegir) (Carta al padre Florencio, finales de 1938). Así siempre. Pero monjas y obispos “erre que erre…”.
Madre Maravillas no quería hacer más fundaciones. Pero la cantidad de vocaciones lo exigía. Dado el número clauso de cada Carmelo (veintiuna), había que crear nuevos “palomarcitos de la Virgen” para que pudieran refugiarse tantas palomas. Así ella tendría ocasión de irse escondiendo, de desaparecer en rincones casi desconocidos.

7. Más fundaciones


El 1 de diciembre de 1944 se inaugura el Carmelo de Mancera de Abajo (Salamanca, diócesis de Ávila). Se hizo sin querer. Me explico.
La Madre pensó en hacer la fundación en Duruelo (Ávila), un despoblado, una soledad entre encinas. Pero un alto lugar del Carmelo: allí habían empezado, el 28 de noviembre de 1568, el padre Antonio de Jesús y san Juan de la Cruz la Reforma de los Descalzos.
Cerca estaba la villa de Mancera, donde se había trasladado la comunidad de Duruelo año y medio después de su fundación. Era, pues, un lugar igualmente sanjuanista.
El convento de Mancera se trasladó a Ávila en 1600. Luego en 1637 volvieron los padres a edificar un pequeño convento en Duruelo. Con la exclaustración de 1836, los Carmelitas desaparecieron y de Duruelo sólo quedó parte del convento.
Cuando la Madre quiso comprar el terreno, no pudo hacerlo: las exigencias de los dueños eran muy grandes. Entonces, se decidió por Mancera. Aunque no quedaba más que la huerta, el sitio era el mismo. Y pudo ser razonable la adquisición. La Madre fue a Mancera por vez primera el 29 de septiembre del 43. La acompañaron las hermanas Dolores de Jesús e Isabel de Jesús, esta última la “arquitecto improvisada”, que trazará los planos de cada una de las fundaciones. Encontró un maestro de obras, un joven de Peñaranda de Bracamonte, Manuel Martín Mulas, que lo será en adelante de casi todas ellas.
Y ahora a ir y venir a ver las obras. En tren de obreros por la mañana, para volver en el día a las doce de la noche. Apretujadas, de pie, hablando cariñosamente con ellos. Así varias veces. Hasta que el 27 de abril del 44 salió definitivamente del Cerro y marchó hacia Mancera, pasando antes por las Batuecas, donde la reclamaban para resolver problemas.
Al salir del Cerro, bendijo a sus hijas con un Niño Jesús, “el Priorito”, que dejó en manos de la Madre Magdalena de la Eucaristía, que quedaba al frente de la comunidad. Fue una gran emoción. La Madre salió del Cerro unos días antes de lo que estaba previsto, pues en Madrid, al saber que se marchaba, había empezado un pequeño movimiento para impedirlo. Se iba a esconder en un pueblecito lejano y pequeño. ¡Eso pensaba ella!
La inauguración definitiva del Carmelo de Mancera se hizo el 1 de diciembre, y fue presidida por el señor Obispo de Salamanca, antes de Coria-Cáceres, que tanto las estimaba, desde los años de las Batuecas.
Mancera se hizo según los deseos de la Madre (el Cerro no pudo ser): pobre todo, pequeñito, en pobreza… (las compras de alimentos y sus cuentas causan risa), y gracias a la Madre Magdalena, del Cerro, que estaba alerta y era la providencia para que no les faltase lo imprescindible. Añádase el frío, las nevadas de Mancera, etc. Y el trabajo de los telares: “Somos pobres y tenemos que trabajar”. En el invierno de 1945 Madre Maravillas proporcionó al pueblo unas misiones que lo renovaron.
Pero se logró Duruelo también. La finca se había repartido en tres parcelas y se podría comprar una con parte de lo que fue convento, la que había adquirido la Federación Católica Agraria de Ávila. Mulas se encargó de las gestiones, y Madre Magdalena, de buscar el dinero. Las obras empezaron el 15 de agosto del 45 y duraron hasta julio del 47. Entre tanto, la Madre tuvo que hacer muchos viajes entre Mancera y Duruelo en una pobre tartana y por un camino infernal, barrizal en invierno y polvo en verano, teniendo a veces que bajarse para que el carricoche pudiera pasar baches. Viajes como la Santa Madre Teresa. Al fin, todo se consiguió.
El 19 de julio partieron de Mancera la Madre Maravillas y sus monjas, camino de Duruelo. Iban a pie con el General de la Orden, padre Silverio, al frente. Éste iba entusiasmado y emocionado por los recuerdos de aquellos parajes. Al día siguiente, san Elías, se hizo la inauguración oficial. Desde la iglesia de Bercimuelle, que dista unos tres kilómetros, se llevó en procesión el Santísimo hasta Duruelo, en manos del padre Silverio. Presidió todo el Obispo de Salamanca. Fue un día de gloria. La Madre, humillada ante los elogios que se le hicieron en el sermón.
El palomarcito de Duruelo era más pequeño todavía, el ideal de la Madre. Soledad total. Encinas, la Fuente del Santo, el río Almar, sin luz más que la de los carburos, sin caminos prácticamente, solas… Pero tampoco en Duruelo pudo evitar que sus hijas la quisieran de priora. Y ahora a trabajar huerta y telares, a pasar fríos y calores, a amar… Madre Maravillas se encontraba allí encantada.
Para hacernos una idea más exacta del alma de esta mujer, inserto unos fragmentos de cartas de estos tiempos de Duruelo. Son muy parecidas a las de santa Teresa: sencillas, espontáneas, tratan de lo espiritual, de lo material, de todo.

«Posdata: importantísimo. Si ustedes conservan las cartas que les escribe su Madre, ¡pues hijo! No las voy a poder volver a escribir, o si lo hago, copiaré las de Madame de Sevigné, porque no tengo tanta humildad para que pasen a la posteridad, tan divinamente escritas… Bueno, en serio que no me hagan tonterías, ¿estamos?» (Carta a la Madre Magdalena de la Eucaristía, 7 de abril de 1946).

«Como se lo van a contar con pelos y señales, nada digo yo, porque mucho tengo que hablarle. Sólo que la venida al amanecer con nuestro padre General, la primera Misa y las Vísperas no se nos olvidarán en la vida. Quiera el Señor que sepamos agradecer tantos beneficios y empezar a servirle y amarle con toda el alma, siendo como dicen en un cantar del Cerero ‘un grupito pequeño de almas fieles/ un grupito de amigos que le consuelen/ un nido de amores, un huerto cerrado/ para su Corazón solo y despreciado’. Está el conventico hecho un cielo. Como es tan chiquirritín hay que guardar un silencio estricto, y da una devoción todo tan pobre, tan calladito, tan pequeño» (Carta a la Madre Mercedes del Sagrado Corazón, 25 de julio de 1947).

«Este Duruelo es de sano, que están fortísimas. Está esto encantador, verdaderamente, que no cabe más y estamos todas contentísimas en esta soledad. Tenemos una ermita en la huerta que no he visto cosa semejante y no sé qué tiene esto que se nota ese ‘no sé qué’ que diría nuestro Santo Padre. Nos da muchísima pena labrar la huerta, que está salvaje, y este año no sé si lo vamos a dejar así, porque como no hay luz eléctrica no hay agua para regarlo y nos da pena estropearlo. Que pidan mucho para que sepamos aprovechar esta gracia de vivir en Duruelo, que aunque el lugar no da la santidad, mucho obliga el pensar cómo vivirían aquí aquellos primitivos y sobre todo nuestro Santo Padre» (Carta a la Madre Mercedes del Sagrado Corazón, enero de 1948).

«Es una providencia de Dios cómo provee estas Casas de su Madre de todo lo necesario. Fíjese cómo vivimos, y sin un céntimo. Esto sí, se puede decir que sólo en comer, justo, pues otra cosa no gastamos más que el carburo (para el alumbrado), la gasolina para el motor, el pan, el aceite, el suministro y el pescado. Hemos encargado y nos han mandado castañeta (pescado), que es buenísimo, que cuesta el kilo a cinco noventa, y chicharros a dos pesetas. Nos han costado los veintitrés hilos ciento ocho pesetas y tenemos abundante para tres veces con capellán, los de fuera y todo» (Carta a la Madre Magdalena de la Eucaristía, 15 de octubre de 1948).

«Está la huerta de sueño, toda cubierta de flores del campo, pero así, como una verdadera alfombra. El haberla dejado así, completamente silvestre, es su mayor encanto» (Carta a la misma, 4 de junio de 1948).

«’La verdad es que esta vida no es nada y ¡qué alegría aprovecharla bien, pues, en cambio, nos puede dar tan inmenso tesoro como es unirnos con nuestro Dios, y qué deseos dan de aprovechar todos los momentos de ella! Pero realmente no sé cómo no nos afanamos las criaturas por nada más que por cumplir su adorabilísima voluntad y darle gusto, ocupándonos sólo en esto y en ganarle almas en las que Él tiene sus delicias’». Y añade a continuación: «’Dios les pague las riquísimas judías verdes. ¡Qué barbaridad, cómo son de buenas!’» (Carta a la Madre Mercedes del Sagrado Corazón, 31 de julio de 1948).

«Sí que añoramos nuestro Cerro y nuestra Madre y nuestras hermanas, pero encantadas de dárselo todo, Cerro y monjas a mi Cristo, que es ‘más guapo que el sol’ y en Él está no sólo ‘la verdadera calor’, sino todo cuanto se puede desear. ¡Qué descubrimiento!, ¿verdad?» (Carta a la Madre Magdalena de la Eucaristía, 22 de diciembre de 1949).

Pero hemos de hacer un alto para decir algo de sus directores de conciencia, que nos interesa para entender mejor lo que nos queda por decir.



8. Los Directores


En el mundo se había dirigido con el padre Juan Francisco López, s.j., varón con fama merecida de santo. Él la preparó para su vida en el Carmelo. Pero la fundación del convento del Cerro llevó consigo conocer y tratar al padre Alfonso Torres, s.j., y a ponerse bajo su dirección. El padre Torres fue un hombre extraordinario (1879-1946). Orador sagrado nato, hizo de sus predicaciones verdaderas “lecciones sacras”, llenas de contenido evangélico y paulino, con su formato bello y ungido a la vez, pero sin artificios extraños, que sirvió mucho para la renovación de la oratoria barroca, que aún pervivía por España. Trabajó especialmente con hombres de la alta sociedad de Madrid, sus “Caballeros del Pilar”, a los que ayudó espiritualmente mucho. Dio también muchas tandas de ejercicios a toda clase de gentes. Con monjas apenas se había relacionado, hasta que la fundación del Carmelo del Cerro de los Ángeles le puso en contacto con las Carmelitas de El Escorial. Esta fundación vino a ser, por una serie de circunstancias, una obra luego muy suya. Y llevó consigo el encuentro de estas dos grandes almas: el padre Alfonso Torres y la Madre Maravillas. Él ayudó mucho en todos los detalles, hasta materiales, en la fundación. Orientó hacia ella muchas vocaciones. Fue un verdadero padre espiritual de aquella casa, ayudándolas con pláticas, ejercicios, correspondencia.
La Madre empezó por eso a tratar con él a partir de 1923. Pero sus cartas sólo se refieren por entonces a problemas de la fundación. (Sin embargo, esto le llevó a irle abriendo su alma). Las primeras confidencias se encuentran en una del 19 de septiembre de 1924. Luego se van haciendo más frecuentes. Y en los ejercicios que da a la comunidad del Cerro aún en la casa de Getafe, en noviembre de 1925, comienza ya la plena e intensa dirección espiritual del padre.
Una dirección providencial, cien por cien. La Madre iba pronto a comenzar a padecer sus pruebas interiores, que refinarían y acrecerían incesantemente su alta vida mística  de  amor  y  de  victimación.  Ella  encontró  en  el  padre  Torres  el apoyo  divino-humano que necesitaba para poder atravesarlas. Sobre todo en los años más álgidos de las mismas que van del 29 al 32. Luego el padre la pudo atender menos, al estar fuera de España, debido a las circunstancias políticas de la República. Y después de la guerra, aunque vuelve a España, estuvo siempre destinado en Andalucía, en Sevilla en concreto, hasta su muerte en Granada el 29 de septiembre de 1946. Pero sigue en constante amistad con la Madre y sus hijas. Les da ejercicios en el Cerro, en las Batuecas, los últimos en 1946 en Mancera donde está la Madre. Se conservan algunas cartas del padre a ella durante estos años (1939-1946), pero en ellas no se habla de su vida interior, sólo de asuntos de fundaciones, y de vocaciones sobre todo. (Alguna vez hay alguna leve y genérica alusión). Madre Maravillas, en noviembre de 1939, pide a su Provincial, el padre Valentín de San José, o.c.d., de gran valía espiritual, que la dirija, dada la lejanía del padre Torres y la momentánea facilidad que entonces ofrecía la cercanía del padre Valentín. Aunque el Carmelita al principio rehusó, Madre Maravillas le consultaba todo. Sabemos que escribía mucho al padre Torres, pero no se han hallado las cartas de ella a él en esos años; sin duda perecerían en Sevilla, a la muerte del padre. Así como tampoco poseemos las del padre a la Madre antes de la guerra, que fueron quemadas por la persona a la que aquélla las había confiado, ante el temor de represalias. Vemos por las cartas de la Madre a otras personas dirigidas también por el padre, cuánto le afectó la muerte del mismo, algo no momentáneo sino que duró toda su vida. Quiere decir, que las enseñanzas y consejos y fuerza espiritual que recibió del padre Torres estaban allí en su alma. El padre Valentín escribía a la muerte del padre Torres: “Apreciaba yo mucho a tan buen religioso, por el espíritu tan carmelitano que ponía en las Carmelitas, con ser él jesuita”.
Sí, el padre Torres ejerció en la Madre Maravillas una influencia fortísima. Él fue su sostén visible, su padre, “tan padre”, “mi padre y lo será siempre”. Su ausencia de aquellos años del 32 y siguientes, en que él tiene que ausentarse de España, será para ella un gran sacrificio. Los sufrimientos de él los sentirá más que los suyos. Su agradecimiento será constante. Hasta tiene algún temor de que fuese exagerado (cartas: dos en diciembre de 1927; 28 de mayo de 1929; 7 de julio del 27…). Pero ella insiste en que no se siente atada, en que Dios y el padre son como una cosa sola, como si él no existiese. Ve a Dios en él. “Vuestra Reverencia es Él para mí” (6 de febrero de 1929). “En vuestra Reverencia únicamente encuentro a Dios” (1929). Siempre subraya el respeto que le tiene junto con un amor muy sincero. Pienso en san Francisco de Sales y santa Juana Francisca de Chantal, y en Madre Sorazu y el padre Mariano de Vega, o.f.m.c., etc.
Todo bien ponderado, la impresión que se deduce de su dirección con el padre Torres es que ésta fue querida por Dios, que fue el medio de que Él se valió para ayudar a aquella alma tan probada. Ella se asió a la misma como a un clavo ardiendo, pues de otro modo se vería perdida. Y todo fue purísimo y limpio, aunque, como es natural, ella pusiese allí un sano y vivísimo afecto. Pero como era sano, hay que pensar que todo ello entró en los planes de Dios, planes misteriosos, para realizarlos sobre ella. En los últimos años del padre, éste discretamente desaparece, como hemos dicho, dada la lejanía y su precaria salud.
Pero su sombra bendita se proyectó sobre ella más o menos siempre hasta morir. El padre Florencio (1977-1939) ayudó a la Madre y a sus hijas durante los años de la guerra. Se encontró con ellas en Madrid y las acompañó en su salida épica a la España nacional y durante el año largo de las Batuecas. Así pudieron tener capellán y asistencia espiritual. El padre entendió a la Madre y la orientó y sostuvo en la misma línea que el padre Torres. Aunque él pudo meterse en más detalles externos de su vida y de su actuación como priora, ya que en las Batuecas no había clausura papal, y ella le pidió que la humillase y la ejercitase en la obediencia. El padre conservó las cartas y “billetes” que ella le escribía, obedeciendo a su mandato. Así podemos seguir el hilo de su vida en esta temporada del desierto. El Padre Florencio muere inmediatamente después de la guerra.
Entonces aparece el padre Valentín de San José, (1896-1989), Provincial de la Orden, que será su confidente y consejero principal hasta su muerte. Sin embargo, no siempre pudo tenerle a mano: repetidas veces Provincial, con los viajes correspondientes, y su estancia en el Desierto de las Batuecas (1951-1954 y 1969 hasta la muerte de él en 1989) no lo permitieron, aunque a veces pudo desplazarse para dar ejercicios a diversos Carmelos, etc. Y por correspondencia. Esta correspondencia se ha conservado bastante, aunque la mayoría de las cartas no son de dirección, sino sobre problemas sobre las fundaciones, etc. Ella estaba en general más serena, sabe ya mejor cómo tiene que reaccionar. Con todo, la pobrecita se lamenta a veces de cuánto desearía verle, confesar con él, ayudarse de sus palabras… Pero Dios le pidió también esa soledad tan dura en que se vio envuelta de ordinario.
Nos consta también que estos “directores” o consejeros de la Madre la tuvieron por un alma de Dios, y admiraron sus virtudes y su vida. El padre Valentín, que la sobrevivió, ha podido dar de la misma un testimonio espléndido en su declaración del Proceso.
Cuando el padre Torres dio en 1946 los ejercicios en Mancera, el último día les dijo que había soñado que moría entre ellas. Le dijeron las monjas que si serían mártires. Él dijo que no, que era otra cosa.
Poco después una señora, doña Mercedes Martínez Montañés, en Alcalá la Real (Jaén), les ofrecía una fundación en una finca próxima a la misma. Y Madre Maravillas fue con Madre Magdalena de la Eucaristía a verlo. Quedaron en que iría también el padre Torres, que estaba entonces en Granada. Un viaje épico en tren y coches de viajeros sin llevar casi nada, en pobreza total. Esperaban en casa de doña Mercedes al padre, que no llegaba. Lo que llegó fue la noticia urgente de que se estaba muriendo en un hospital, y que fuesen. Las llevaron, y pudieron verle, animarle, recibir sus últimos consejos y su bendición. Incluso le cantaron, cuando él lo pidió: “Véante mis ojos”. La fundación, finalmente, no se hizo. La Madre quedó, ya vimos, muy afectada.

9. Siguen las fundaciones


Desde ahora las fundaciones se siguen en serie. De todas partes le piden nuevos conventos o monjas para reforzar otros. Pero no puede atender más que algunas de esas peticiones, porque la mayoría de las monjas son novicias y profesas muy jóvenes. Hay una lista de más de veinte peticiones, una de ellas desde Japón, que la ilusionó mucho, pero que no se pudo llevar a cabo. A veces hizo viajes para ver los lugares y condiciones, como por ejemplo por tierras de Burgos, a donde se acercó al Carmelo de esta ciudad, por encargo del padre General, Silverio de Santa Teresa, para ver la alpargata de santa Teresa que allí conserva, pues ambos deseaban que las monjas llevasen las alpargatas como lo ideara su Santa Madre. Las monjas hicieron probarse a la Madre la alpargata, que coincidía exactamente con su pie. El nuevo modelo fue adoptado por todos los conventos de Carmelitas Descalzas. Uno de los trabajos de las monjas de Duruelo fue hacer alpargatas.
El 1949 el padre General le pidió monjas para el Carmelo de New Port en Estados Unidos. Ella se preparó para ir. Pero las oraciones de sus hijas lo hicieron imposible, pues tuvo una gran subida de tensión y hubo que desistir.
Nuevos quehaceres le quedaban en España. La comunidad de las Batuecas había conseguido levantar un precioso convento en torno a la antigua iglesia restaurada. Madre Maravillas tuvo que ayudarlas mucho, pues allí en aquella hondonada faltaba de todo fuera de agua y vegetación. Y ahora, cuando llevan unos pocos años en su nuevo palomar se le ocurre al padre Silverio pedirlo a la Madre para restaurar allí el antiguo ”desierto” de los padres. Ella pasó el asunto a la comunidad de las Batuecas, que con mucho sacrificio se lo cedieron a los Carmelitas, que allá continúan. Madre Mercedes, priora, y sus monjas fueron heroicas dejando su retiro el 1 de octubre de 1950.
Pero había que buscar otro lugar para ellas. Y he aquí a Madre Maravillas dando vueltas para encontrar uno a propósito. El año 1949 fue de búsqueda y de encuentro, pues se decidieron por la ermita del Santo Cristo de Cabrera (Salamanca), de mucha devoción en todo el campo charro. Ella desde Duruelo y la Madre Mercedes desde las Batuecas vigilaron las obras: los dueños del terreno regalaron todo lo que hizo falta. Adaptar la ermita, levantar el convento, buscar agua…, había mucho que hacer. La soledad, encantadora, sin pueblos, sólo hay encinas y toros bravos… El 11 de abril del 51 se inauguraba solemnemente.
Entretanto pudo celebrar con diez días de recogimiento riguroso sus bodas de plata de profesión.
Pero una nueva fundación se impuso. El señor obispo de Ávila, don Santos Moro, de quien dependía jurídicamente Duruelo, le pide un Carmelo en Arenas de San Pedro, pueblo muy necesitado espiritualmente, y sepulcro del gran san Pedro de Alcántara, que tanto ayudó a santa Teresa. Le ofrece una capilla dedicada a la Virgen de Lourdes y una casa y terreno anejo. No puede negarse ante el buenísimo don Santos. Y va a Arenas a visitar el lugar, y enseguida a San Pedro de Alcántara. Lourdes no sirve: está dentro del pueblo, es muy pequeño. Se lo dice a don Santos y éste le da amplios poderes para que busque otro terreno y haga según le convenga. Pero que funde. En otra visita encontraron un terreno ideal. Arenas es la Andalucía de Ávila: pinares inmensos, frutas, hasta naranjas, palmeras… En el fondo, la Sierra de Gredos coronada de nieves. Pero ¿cómo hacerlo si no tiene ni un céntimo? Con un dinero que llega providencialmente salva la situación. Y así el 8 de diciembre de 1954, Año Santo Mariano, se inaugura la iglesia y el convento lindísimo, en cuya huerta enseguida se dan legumbres y hortalizas y flores. Siguen los intentos de hacer los rosarios de rosas, que habían comenzado en Duruelo, para no hacer competencia al trabajo de telares y alpargatas de los otros conventos. Ahora con ensayos muy imperfectos que no dejarán de mejorarse hasta La Aldehuela. Un trabajo mariano, perfumado, silencioso, apostólico a la vez.
Por entonces, la Madre Inés del Niño Jesús, de Mancera, y dos monjas son enviadas por la Madre al convento de Cuenca, en El Ecuador, por tres años, a petición del obispo de Salamanca.
La Madre ha dejado Duruelo, para marchar a Arenas. Pero no puede tampoco librarse del priorato. Antes de dejar su querido Duruelo el 5 de diciembre ha quedado olvidado en  una carpeta lo que sus hijas consideran como su testamento. Dice así:

“Hijas mías amadísimas: Por si el Señor quisiera llamarme a Sí en cualquier momento, quiero hacerles unos ruegos, con todo el corazón. Primero, que me perdonen todo lo mucho que tienen que perdonarme por amor de Cristo nuestro Bien, no tomando en nada ejemplo de lo que, por desgracia, han visto en mí que no soy sino una mala monja. Segundo, que me encomienden al Señor, que muy mucho lo necesitaré, y que procuren vivir como merece el amor de nuestro Dios, con esa humildad y caridad que a Él tanto le complacen, olvidadas del todo de sí; y tercero, que si quieren darme gusto y cumplir mis deseos, no falten a la verdad al hablar de mí, como por ejemplo en la  carta de edificación, pero por lo menos que sea corta, que digan que tenía grandes deseos”.

Grandes deseos y… obras. Porque esta monja tan sencilla y tan serena, tan deseosa de ocultarse y de no dar qué decir, se ha convertido en la monja andariega que funda conventos y que es, sin pretenderlo, Madre de centenares de monjas.
Con las enfermas, ya sabemos, es casi exagerada en cuidados y delicadezas. Ella es la que va casi siempre a los médicos, a las operaciones, a atenderlas en las clínicas que necesiten. Una de las veces que ha tenido que ir a Madrid por esa causa, se ha detenido, al pasar, a saludar a las Carmelitas de Talavera de la Reina, y éstas le han hablado de las necesidades espirituales de aquella ciudad en plena expansión. De aquí surgió la iniciativa de ofrecer allí a los padres Carmelitas una iglesia y convento en un barrio nuevo a las afueras de la ciudad. Y se hizo San José de Talavera. En 1956 muere doña Catalina Urquijo de Oriol, su gran bienhechora, y a su hija, monja en el Cerro, le pertenece su parte de herencia, que se emplea en esta obra. Obra que se termina e inaugura el 15 de octubre de 1960. El bien hecho por esta fundación, enseguida también parroquia, ha sido inmenso. Así las Carmelitas de Talavera y las de Arenas tenían también a mano confesores de la Orden.


10. Más palomares marianos


Las primeras fundaciones han proporcionado a la Madre más quebraderos de cabeza y más viajes y estar pendiente de las obras. Ahora que su salud se va deteriorando, sus hijas y Manuel Mulas le ahorran muchos trabajos. Y sobretodo, su misma fama ha despertado en algunas familias con posibilidades económicas, el deseo de facilitarle nuevos Carmelos, para los cuales le han dado prácticamente casi todo hecho.
Así ocurrió con el de San Calixto, en la Sierra de Córdoba. Era el sitio del antiguo monasterio de El Tardón de monjes basilios, discípulos de san Juan de Ávila, que se tuvieron que insertar en alguna orden por mandato general de san Pío V. Allí fueron célebres Mateo de la Fuente, Diego Vidal, Esteban de Centenares, etc. Pero todo desapareció con la exclaustración.
Todo no, quedó el edificio de la iglesia y las ruinas del monasterio. Habían comprado la finca los Marqueses de Salinas, que hicieron allí su casa de campo y que se ofrecían a fundar un convento donde estuvo el antiguo. Pero no encontraban quién lo quisiera.
Como tenían una hija en el Carmelo, se lo dijeron a la Madre Maravillas, que desde Arenas fue a verlo. Salió el 22 de abril de 1955 y pasó allí el día 23. La soledad era absoluta: los pueblos próximos estaban a muchos kilómetros de distancia. Allí sólo había alcornoques y ciervos. En un inmenso espacio de toda la sierra no había ni un sagrario… La Madre les oyó y quedó impresionada. Los Marqueses se ofrecían a dárselo todo hecho. Pero no se decidía. La Madre jamás se lanzaba a hacer algo sino después de mucha oración y de pensarlo bien. En esta ocasión antes de retirarse a descansar tuvo la certeza de que Dios lo quería y fue a comunicárselo a los señores, pero les puso la condición de que se hiciese todo con la mayor pobreza. Y el 30 de mayo del año siguiente se inauguraba solemnemente. Nada faltaba; ni el gallinero, ni la vaca en el establo, ni la despensa abastecida. Y ahora a orar y a trabajar la huerta y las labores. El caso es que desde Hornachuelos, desde Córdoba, la fama del nuevo Tardón se extendió enseguida, y las monjas se vieron desbordadas de quehacer y de vocaciones.
Desde Arenas todavía se hizo la fundación de Aravaca (Madrid). El terreno fue un obsequio de la familia Oriol. Aquellas cercanías de Madrid estaban llenas de chalets lugar de descanso los fines de semana. Y junto a ellos, otros sitios no tan “sanos”. Allí estaría bien “una quinta de recreo para Jesucristo”, que fuera a la vez de reparación. Esta vez se encargó de realizar el proyecto la Madre Magdalena de la Eucaristía, que desde el Cerro, además, vigilaba las obras con más facilidad. Y como a ella en cuestión de pobreza todo le parecía mucho, hizo un conventito el más chico de todos, con buena huerta, esto sí, y también rodeado de soledad carmelitana. Madre Magdalena fue a este Carmelo de priora. La inauguración se hizo el 21 de junio de 1958. Madre Magdalena hubo de ir después de tres años en Aravaca a la fundación de Montemar (Torremolinos-Málaga), fundación difícil, para pronto volver a Aravaca, por varios motivos, a sufrir su martirio y morir santamente.
Todavía desde Arenas, la Madre Maravillas hizo la fundación de La Aldehuela (1961), de que hablaremos después, por ser el lugar de su descanso definitivo y de su sepulcro. La casa de Montemar fue otro regalo al Sagrado Corazón. Montemar está algo por encima de Torremolinos. Este nombre sonaba a los españoles como a algo moralmente peligroso. Aquella costa malagueña hacia Marbella se había convertido en una tierra de diversiones, sin ética cristiana. No es que todos los que allí vivieran fueran pecadores, pero había muchas facilidades para serlo. La tierra, el mar, el clima…, preciosos. Pero necesitado todo de presencia de otros valores espirituales.
En 1921 doña Carlota Alessandri, dueña de muchos terrenos en el lugar, y cuya familia fue en gran parte la causa de aquellas urbanizaciones, quiere hacer algo que oxigene el ambiente. Habló con alguna congregación religiosa de vida activa, que no accedió. Y un día el padre Borja Medina, s.j., que celebra Misa en su oratorio particular, le habla de los conventos de Madre Maravillas y la pone en comunicación con la Madre. Mediaron cartas y visitas de la señora y del padre Borja a la Madre Maravillas. Ésta no se decidía. Allá, tan lejos, en ambiente tan difícil… Pero el Padre la persuadió: un  Carmelo será un testimonio de fe viva, que allí hace tanta falta. Y la Madre Maravillas envió monjas a verlo, que volvieron bien impresionadas. Y fue ella varias veces, alguna ya muy enferma, y todo se decidió y planeó. Doña Carlota hizo el convento pobre, pero bellísimo, como es la tierra: lo envuelven alegrías, jazmines, buganvillas, naranjos, limoneros… Y, sobre todo, aire espiritual. Se inauguró el 7 de mayo del 64. Madre Magdalena fue de priora, como acabamos de decir, pues se necesitaba una monja de experiencia y salero. Y de todo eso ella tenía mucho.
Madre Maravillas hizo más: compró a bajo precio otros terrenos a doña Carlota para hacer una residencia para señoras, una escuela de niños, una residencia para empleadas en hoteles, un espacio para que la diócesis construyese una parroquia. Todo encomendado a las Carmelitas Misioneras. Un bien inmenso.
Y el Carmelo, dando testimonio: varias conversiones de gente “divertida”, de cantantes, etc., que con sólo saber que allí había aquellas monjas o sólo oír las campanas…, se acercan y cambian de vida. Por cierto, que las campanas tocaron solas en el momento de la consagración de la Misa que se celebró por doña Carlota, el día siguiente de su muerte.
La primera monja que murió en Montemar era muy querida de la Madre: la hermana María Magdalena de Cristo. Estuvo casada con don Manuel Alemán, y con permiso especial de la Santa Sede pudo él hacerse sacerdote en Ávila y ella Carmelita en Duruelo. Escribía la Madre:

“Mire que haberme querido coger a mí la delantera en ver a Cristo nuestro Bien, ‘el rostro desconocido y amado’… ¿qué será?” (Carta a la Madre Carmen de Santa Teresa, octubre de 1965).

“Yo la quería muchísimo y lo he sentido de verdad. Dichosa ella que ya pasó ese momento de la muerte, siempre duro para la naturaleza, y estará gozando de su Dios para siempre, siempre, siempre… ¿Se da cuenta de la felicidad que es morir en la casa de la Virgen?” (Carta a la misma, 22 de diciembre de 1966).


11. La Aldehuela


La Aldehuela no es ni una aldehuela. Es un descampado, con un paisaje árido, sin belleza. Está en las afueras de Madrid, en la resaca de las barriadas incómodas. Cerca del Cerro, que se divisa a unos dos kilómetros. Pertenece, pues, a Getafe. En este lugar había existido la trapa de San José que se trasladó, en 1927, a Navarra.
Doña Asunción Jaraba, viuda de MacCrohon, dueña de aquellas tierras, le ofreció a la Madre un trozo de su finca, y don Ricardo Fernández Hontoria, padre de una monja, les edificó el convento. No hubo, pues, problemas en este sentido.
El 8 de enero del 61, cuando Madre Maravillas plantó su “palomarcito”, volvió a recuperar La Aldehuela el carácter espiritual y místico que había perdido. Desde la huerta se divisa el Cerro de los Ángeles y la silueta majestuosa del Corazón de Jesús. Además, el lugar está tan retirado y escondido, que encanta a la Madre. Rehecho, casi todos los que van allí por primera vez, se pierden. Un rincón oscuro, que iba a hacer célebre ella sin quererlo. El día 22 de diciembre del año 60 salió de Arenas y el 9 de enero del 61 se celebró la primera Misa del nuevo nido. Estuvo al pasar, eso sí, unos días en el Cerro, su Cerro…
En La Aldehuela su vida llevó el ritmo de siempre: oración, trabajo (los rosarios de rosas, sobre todo), salidas aún a la fundación de Montemar, y al Escorial, y a Ávila que enseguida diremos. Enferma, cada vez más encorvada, con más achaques: pulmonías, en los años 68 al 70 ántrax que la hicieron sufrir mucho, finalmente el corazón que falla. Cartas a sus hijas de todos los conventos y a otras muchas personas, consultas, visitas. Era como una lámpara que al acercarse a su extinción chisporroteaba más intensamente todavía. Un aparato rudimentario le permitía comunicarse con el Cerro, y luego el teléfono vino a sustituirlo, aunque su uso personal fue discretísimo.
A propósito de sus enfermedades hay que consignar que el doctor Marañón, que conocía a la Madre desde antes de entrar en el convento, la siguió tratando, y a sus monjas hasta que falleció, en 1957. Un hijo de este doctor estaba casado con una sobrina de la Madre Maravillas. En noviembre de 1962 sufre ésta un amago de hemiplejia. A partir de entonces la atendió el doctor Francisco Vega Díaz, hasta el fallecimiento de la Madre. Ambos médicos la veneraban. Y el último escribió sobre ella en la prensa y dio una conferencia, editada luego.
Una gran alegría tuvo en 1968 con la visita del brazo de santa Teresa. Pero todavía desde La Aldehuela le quedaba mucho que hacer.

12. El Escorial y La Encarnación


En noviembre de 1963, el Siervo de Dios don José-María García Lahiguera, obispo auxiliar de Madrid y Visitador de Religiosas, le escribe pidiendo que vaya a El Escorial porque el monasterio carmelitano se hunde y necesita además vigorizarse…
El Carmelo de El Escorial era “su” Carmelo. En él hubiera vivido normalmente hasta morir. A  esta petición no puede negarse, y a lo largo del año 64 va varias veces para ver qué se puede hacer y cómo. Hubo que hacer mucho, más de lo que se preveía. Los medios los fue enviando la Providencia. Y el 24 de agosto del 64 varias monjas de sus conventos se hacen cargo de aquella casa de la Virgen, que florece en vocaciones y en santidad.
La restauración del monasterio de La Encarnación de Ávila fue otra de sus grandes realizaciones. Sabida es su historia. Es el monasterio donde entró Carmelita santa Teresa, donde estuvo durante treinta años y de donde salió para iniciar su Reforma en el convento de San José. El 24 de agosto de 1940 la comunidad de La Encarnación había pasado a la Descalcez. Pero el monasterio se caía de viejo,  la comunidad necesitaba ser vitalizada. El obispo de Ávila, don Santos Moro, recurrió a ella. La Madre se resistía: otras comunidades serían más a propósito, además su edad y las enfermedades la dificultaban bastante. Pero tuvo que encargarse, pues don Santos la apremia. El año 1966 va a verlo (luego va otras veces), y al fin envía nueve monjas de sus casas que refuerzan la comunidad (24 de septiembre del 66). Para las obras hubo que recurrir a la Dirección General de Arquitectura, y el Estado ayudó  mucho.
De milagro estaba en pie tal monumento: las vigas, que estaban sin apoyo, se deshacían en polvo al caer al suelo, dejando como recuerdo las figuras caprichosas de los nervios de la madera. Cinco años duraron las obras, dirigidas por la hermana Isabel de Jesús,”la arquitecto”, y su hermana, la Madre Magdalena de Jesús, priora del convento. Un trabajo arduo: había que restaurar, conservando todo lo posible, lo de los tiempos teresianos; hubo que construir un pequeño monasterio dentro del viejo, pues éste era inmenso (como para ciento ochenta monjas); se descubrieron la cocina de la celda de santa Teresa mientras fue conventual y la puerta por donde entró a ser priora en medio del alboroto monjil; se hizo un museo bellísimo para los peregrinos y turistas; y un conventito de religiosas Siervas del Evangelio para atender la sacristía exterior y una guardería infantil.
Pero todo se hizo, mientras la Madre iba declinando con sus pulmonías frecuentes, su agotamiento y sus años y trabajos.

13. Su alma


Antes de historiar sus últimos años, hemos de detenernos para hablar de su vida y asomarnos a su alma. Este es un problema difícil, si no imposible. Cada alma es un misterio, cada hombre tiene su secreto, que sólo sabe Dios y, si acaso, el mismo interesado. Es cierto que en este caso tenemos bastante documentación sobre la Madre; muchos la hemos conocido directamente, sobre todo sus hijas.
Todos estamos de acuerdo en que lo característico de la Madre ha sido su humildad, su bondad. Una humildad auténticamente cristiana, muy teresiana.
Pues  bien, la Madre Maravillas fue sinceramente humilde. “Humildad de raíz”  -como ella gustaba decir-. Una humildad infusa. Ella misma, como ya dijimos, nos dice cómo  un día, allá en los comienzos de su vida de Carmelita, después de haber estado en el locutorio, donde le habían alabado alguna de sus cualidades espléndidas, iba un poco complacida de esas alabanzas que había recibido. Y le pareció oír en el fondo del  alma esta frase misteriosa: “Y Yo fui tenido por loco”. Eso la fundó en humildad para siempre. Sentir su pobreza, sentir su nada, querer ser tenida por nada. Los textos casi hieren. Como en santa Teresa, que siempre está hablando de su “ruin vida”.
Pero no perdamos de vista el plan alto, místico, no meramente moral en que ella se mueve. Cuando se llega a esas alturas, la cercanía de Dios pone vivamente de relieve la finitud y la pobreza humanas frente a la infinitud y pureza divinas, y hace necesariamente fundarse en la verdad, en la humildad. Algún texto de la Madre a este propósito:

“Nunca he sentido como ahora no ser santa. Y en lugar de esto veo con una claridad mi propia pobreza y miseria…” (Carta al padre Alfonso Torres, 1931).

“Padre nuestro: Me está haciendo ver el Señor mi miseria de una manera distinta de la de antes, pues es como en su presencia y con paz. Pero algo que me metería en las entrañas de la tierra, y ante mis propias hermanas no levantaría los ojos de pura vergüenza. ¿Y cómo puede ir con esto la sed de amar al Señor, de unirme a Él que tengo?” (Carta al padre Florencio del Niño Jesús, 1938).

O el siguiente:

“Yo necesitaría un vocabulario especial para mí, pues para dar a entender lo que siento, a veces tendría que emplear palabras que no me gustan nada, que no me van, que no es aquello seguramente, y, sin embargo, no se otras. Pues aquellas que no querría decir, que no son seguramente, son las únicas con las cuales puedo explicarme. No tema nunca decirme, padre, todo lo que sea. Que sí creo que lo único que deseo es servirle al Señor en verdad y, a veces, temo no hacerlo, y que todo sea ilusión y mentira” (Carta al padre Torres, 1932).

“Habitualmente no tengo nada de nada dentro, sólo este sufrir a lo tonto; pero hoy en el refectorio, sin pensar nada, tuve una vista tan clara en globo de mi miseria, que tuve que hacer un esfuerzo grande para quedarme en mi sitio y no arrodillarme en medio del refectorio manifestándolo en lo posible… Después yo no sé, fue un hacerme ver el Señor la propia nada y miseria, que con hacérmela ver hace años casi siempre, hay veces como esta que parece es la primera, o que se han descubierto de repente, englobadas, aún mayores profundidades de ellas. No sé, pero es un llenarse de vergüenza y al mismo tiempo un avivarse el amor…” (Carta al mismo, 1932).

“Tengo verdadera sed de amar al Señor. Sed de desprecios y de sufrir”.

Es siempre este su tono… De ahí, como digo, la sencillez, la naturalidad en todo de la Madre Maravillas. En las palabras: era mujer de pocas palabras, pero tan exactas, tan penetrantes cuando las decía… En sus escritos, sus cartas, que son los únicos que nos ha dejado, y que son tan parecidas a las cartas de su santa Madre Teresa. En sus gestos, en sus actitudes todas. No jugó ningún papel en la vida. A veces, ante problemas que le presentaban o que surgían en sus monasterios, decía con toda sencillez: “No tengo luz, no sé cómo resolverlo”.
Ella no llamó la atención, no quiso llamar la atención nunca. “Ser nada”, repite incesantemente. Ya dijimos cómo no quería ser priora y ansiaba desaparecer.
Es el mismo tono de sencillez que tienen todas estas almas humildes, almas grandes. Por eso también, como en Teresa, su temor ante la invasión de las gracias divinas, que le hace recurrir con toda humildad a sus directores. Escribe, por ejemplo, en una ocasión al padre Torres (1932):

“Después he empezado a pensar que todo esto no son más que imaginaciones, que lo que debo hacer es  no hacer caso y no decir nada a Vuestra Reverencia. Se lo digo todo, y así Vuestra Reverencia juzgará. Estoy sufriendo mucho, pero a pesar de todo tengo paz. Lo único que quiero es no ofender al Señor, y siendo esto así, lo demás poco importa. Aunque nada fuese verdad, no le ofenderé con sentir estas cosas y estos sufrimientos, ¿verdad?”.

También fue consecuencia de su humildad ese silencio que guardó siempre sobre su vida interior. Esto es impresionante. Ella no hizo confidencias jamás a nadie más que estrictamente a los directores de su alma. Sus hijas más íntimas, que han convivido con ella años y años, no sospechaban nada de su vida mística interior. Sí se daban cuenta de que era una vida muy profunda, muy espiritual, muy endiosada. Pero de los fenómenos místicos que tenían lugar allí, en el secreto de su corazón, nadie sabía nada. Guardó el secreto del Rey. Si no hubiese sido por esas cartas a sus directores que afortunadamente conservaron, y que han aparecido después de muerta la Madre, no sabríamos nada de su vida profunda e interior.
Era una intimidad compartida entre Dios y ella, entre Dios y el alma. Y la intimidad compartida no puede revelarse sin permiso de los que la comparten. Por eso, estos secretos de Dios en el alma, a no ser por necesidad de recurrir a alguien que oriente, que confirme, o quizá por hacer bien a otros, no se deben revelar. Madre Maravillas es un ejemplo extraordinario de maravillosa discreción.
Su misma actuación externa fue toda en esa misma línea de humildad. Las fundaciones vinieron por su propio peso sin buscarlo, al haber tantas vocaciones que afluían al Carmelo del Cerro.
No fue escritora; sólo  nos quedan sus cartas. Admirables cartas, sobre todo a sus directores, como hemos dicho, y a sus hijas. Porque ni Dios ni nadie le pidió serlo. No estuvo en las mismas circunstancias que la santa Madre Teresa, por ejemplo.
Sencilla, humilde, pura bondad, en todo y siempre.
Y ahora sería interesante acercarnos, ¡si pudiéramos!, al secreto de su vida interior. Pensemos enseguida que se trata de una Carmelita Descalza. El Carmelo es un alto lugar del espíritu. La intensa vida espiritual del Carmelo Teresiano es herencia de la Madre Teresa y del Padre y Maestro Juan de la Cruz.  Es algo que se ha conservado y vivido intensamente en los “palomarcitos de la Virgen”. La vocación de Carmelita Descalza es una vocación contemplativa, y el Carmelo ofrece un clima a propósito para que esa vida pueda allí florecer. Su silencio, su recogimiento, su austeridad, su alegría predisponen y ayudan para que la vida contemplativa y mística pueda darse allí espléndidamente.
La  doctrina, la vida, la herencia riquísima de santa Teresa y de san Juan de la Cruz fue el rico alimento nutricio de la Madre Maravillas. Pan candeal de las tierras abulenses en que ambos nacieron. La Madre Maravillas lo asimiló maravillosamente. Hasta las frases, hasta la terminología de sus cartas es profunda y evidentemente teresiana. El estilo ascético y amoroso de sus virtudes y de las virtudes que cultivó en sus hijas lleva también el sello teresiano: la caridad, la humildad, la sencillez, el desprendimiento, la pobreza…, todo tiene allí sabor teresiano.
Su cristocentrismo es típicamente teresiano. “Cristo nuestro Bien”, dirán santa Teresa y la Madre Maravillas innumerables veces, como una consigna y una explicación de sí mismas.
No olvidemos, por otra parte, que el cristocentrismo es también la clave de toda la doctrina de san Juan de la Cruz. Su espiritualidad es eminentemente cristocéntrica, aunque no se vea tan claramente como en la Madre Teresa. Pues bien, la vida profunda de la Madre Maravillas se explica mejor a la luz de san Juan de la Cruz y de sus enseñanzas que a la luz de las de santa Teresa, aunque sus elementos “formales” sean más teresianos. Al fin y al cabo ambas eran mujeres. Desde que conocí a la Madre Maravillas y desde que la he conocido después más por estos documentos confidenciales suyos, me di cuenta de que su espiritualidad estaba en la línea de san Juan de la Cruz. Claro, cada alma es un alma. Los esquemas sanjuanistas son eso solamente: esquemas más o menos abstractos. Que orientan, pero que no agotan la realidad existencial de cada experiencia mística. Cada cual es cada cual. La persona humana es algo irrepetible.
Las noches clásicas de san Juan de la Cruz, por ejemplo (noches pasivas y noches activas del sentido, del espíritu), son eso, un esquema. Son cuatro momentos, que no pensemos se suceden uno a otro rigurosamente. No; se interfieren, se alternan, se profundizan según las necesidades psicológicas y espirituales de cada alma, según los planes de Dios sobre cada una también.

14. Itinerario espiritual


¿Cuál fue el itinerario espiritual íntimo de la Madre Maravillas? En realidad, poseemos pocos documentos para trazarle de una manera rigurosa y exacta. Son suficientes, sin embargo, para poder afirmar que su vivencia de Dios, de Cristo, fue rigurosamente mística.
Ha padecido la experiencia de la ¡quemadura viva de Dios! Digamos enseguida sin fenómenos externos, sin fenómenos somáticos. Profundo recogimiento, intimidad registrada, vivencia espiritual, nada más. Sanjuanista más que teresiana en esto. Es decir, la vida mística en la Madre Maravillas adolece de la sencillez de toda su existencia. Esto prejuzga favorablemente ya su autenticidad. Gracias íntimas, intelectuales, palabras sustanciales que son la misma unión, según san Juan de la Cruz. Toques vivos que ella después proyecta a través de sus mecanismos psicológicos y sus archivos conceptuales e imaginativos, tan sobrios y tan exactos. Recordemos que esos toques de Dios en el alma, todo hombre los traduce después humanamente a través de esos archivos conceptuales e imaginativos que cada uno poseemos. Es la traducción humana de una gracia inefable, divina, que es de suyo intraducible.
Todo ello vivido en un clima de fe pura según también las recias y seguras enseñanzas de san Juan de la Cruz, según las lecciones de esa maravilla que es el libro segundo de la Subida al Monte Carmelo. “En oscuro, en escondido”, repite la Madre Maravillas. Esa fe pura, que es llamada radical de Dios y que es respuesta, entrega total por parte del hombre.
En ese clima de fe pura y profunda es donde se desenvuelve y florece la vida espiritual de la Madre Maravillas. Por las cartas al padre Alfonso Torres en el año 1931 y 1932, y por las cartas al padre Florencio del Niño Jesús en el año 1938, podemos darnos cuenta de que su vida espiritual se caracteriza por alternancias de amor purificante, esquivo  -que diría san Juan de la Cruz-, y de amor llameante, gozoso, en todo caso unitivo. Se piensa en las Sextas Moradas de santa Teresa, se piensa en la Madre María de la Encarnación, la famosa ursulina de Québec. O en estas frases de san Juan de la Cruz:
Allá, en la mitad de la noche, se da “una influencia de amor en el espíritu, en que en medio de estos oscuros aprietos se siente estar herida el alma viva y agudamente, en fuerte amor divino… Siéntese aquí el espíritu apasionado en amor mucho, porque esta inflamación espiritual hace pasión de amor, que por cuanto este amor es infuso, es más pasivo que activo, y así engendra en el alma pasión fuerte de amor” (N. 2, 11).
Es el fuego que transforma el madero en brasa viva, candente, reduciendo antes a cenizas todo  lo que estorbaba a esa maravillosa realización. Por eso estas sensaciones espirituales, a días de dolor y a días de gozo exultante, dos efectos distintos en definitiva de una misma divina acción.
Entresaco algunos fragmentos de sus cartas. En el año 1931-1932, al Padre Torres:

“Yo me encuentro tan nada, tan incapaz para toda virtud. Pero sí me parece como si el Señor quisiera que dejase perderse toda esta nada en Él, y ser Él quien viviese en mí. Hace tiempo que siento una como atracción a permanecer como amando y adorando al Señor, que siento, aunque tan en oscuro y tan escondido en lo más íntimo del alma. Es una cosa que parece nota uno más bien en sí. Esa diferencia de las Moradas del alma de que habla nuestra santa Madre. Padre, ¿será verdad que de mí lo que quiere el Señor es ese permanecer así, amando y adorándole en mayor o menor vacío, en dolor o en gozo, no reparando más que en que Él puede hacer en ese centro del alma cuanto quiera, en dejarle obrar?”…

Dice en otra:

“Es como un algo que siente el alma allá en lo más hondo, que no es nada para poder decirlo, pero que es para ella mucho. Es en oscuro, sin poder distinguir nada, un exigir al Señor algo, que sin ser esto ni lo otro, supone un darse, mejor dicho, un dejarse coger del todo. Y esto que siente el alma causa un intenso sufrimiento, por verse por una parte así, tan fuertemente atraída e impelida, y por otra tan incapaz para ello, tan separada del Señor. Y, sin embargo, este sufrimiento parece que constituye su vida, y su mayor dolor sería que cesase”.

Y en otra:

“Al ir a comulgar anoche, estando sin nada en todo el oficio  -es la noche de Navidad de 1931-, sentí de repente avivarse la fe, y me pareció (no sé cómo) como si la Santísima Virgen me entregase en aquel momento al Niño, pero tan claro y tan fuerte esto, que instintivamente descrucé las manos, y como si realmente le tuviese en los brazos, volví a mi sitio con trabajo. Allí no sé lo que fue. Esta vez mucha dulzura, y como mucho amor. Sentía como la grandeza de Dios en confuso al mismo tiempo, por encima de todo lo de este mundo. Cómo a Él nada puede llegar (no sé explicarme) y al mismo tiempo el dolor por las ofensas que locamente cometen sus criaturas. Me parecía ver, sentir, no sé, el amor del Señor a mi alma, que se deshacía en su miseria Porque yo me veo mucho más miserable, más nada sin comparación todavía que todas las criaturas que han existido, que existen y existirán. Esto es enteramente cierto. No sé cómo, pues estaba deshecha, y no hacía más que entregarme a Él y sin palabras pedirle sufrir, dárselo todo”.

“¡Ay, padre! Le digo todas estas cosas antes y no es eso, es otra cosa, es mucho más de lo que puedo decir… Lo que siento es tan grande y por otra parte tan sencillo, me parece que nosotros, yo por lo menos, lo complico todo y es en sí tan una sola cosa necesaria… ¡Qué torpeza, padre, para explicarme!; en fin, vuestra Reverencia suplirá y me dirá por caridad si me extravío, porque de virtudes, que sería lo bueno, no puedo hablarle nada; al contrario, me encuentro muy capaz de los mayores pecados, si el Señor me dejara un momento, esto hasta qué punto… Otras veces no es nada de todo lo que aquí digo, sino sólo una inmensa amargura, un sufrimiento tan grande sin nada más que esto, y entonces sólo puedo, como bajando la cabeza, aceptarlo y estar así hasta que el Señor quiera. La víspera y el día de nuestra Santa Madre han sido muy fuertes de esto. ¡Qué vergüenza decirle estas cosas!”.

“Sin estar ese sufrimiento de que esta mañana le hablaba, parece como si se hubiese encendido en el alma un fuego de amor tan fuerte que a cada paso parece no se puede ya soportar”.

Este es el tono incesante de las cartas de esos años 1931-1932 dirigidas al padre Alfonso Torres. Alternancias  -como se ve-  de dolor y de amor. Noche pasiva del espíritu que se agudiza, en el año de 1938, durante su estancia en las Batuecas. Esa noche pasiva que purifica hasta las raíces mismas del ser. Algunas frases de las cartas de entonces escritas para el padre Florencio:

“Padre nuestro, en la oración he creído que me moría… Estoy segura que el Señor justísimamente me ha abandonado para siempre…”.

“Acepto todo, padre, para mí, hasta el infierno, si allí pudiera amar a Dios. Escribo este papelito sin saber si hago mal, pero es que no puedo más. Si viera cómo estoy, seguro que me compadecería”.

En ese sublime abandono a que llegan las almas en esta noche pasiva del espíritu, en la cual, como indicaba, Dios purifica hasta la médula del ser. Luego se fue haciendo más y más luz y gozo en su alma. Así en algunas de las cartas de después:

“Generalmente me quedo hasta la una (en oración) y algún día un poco más, cuando tengo menos que hacer o cuando me siento fuertemente atraída al pie del sagrario. Entonces no hago más que, en un profundo silencio interior, estar junto al Señor y amarle”.

Y esta otra:

“De resultas de esto no tengo  más deseo que el de fundir por completo mi voluntad con la de Dios. Ni más pena que la de haberle ofendido, y perdido así el tiempo que Él me dio para amarle y servirle”.

Y finalmente este texto:

“… Desde el otro día es un tormento, dulcísimo, eso sí, y que no quisiera cesara, pero que si dura, yo no sé cómo se puede vivir, sobre todo así, teniendo que disimular y atender  a tantas cosas que no son de Dios. Bien sé que todo es por Él, que con todo se le puede agradar; pero, si no deja de atizar esta llama de su amor y el deseo de poseerla, de veras creo que no se podía resistir mucho”.

Resumiendo: una vida profunda interior con experiencia de la misma; una conciencia viva de su vida en Cristo, en Dios. Con sus inevitables momentos quemantes, lacerantes, que purifican para que la caridad divina posea más y más el corazón, para que una, para que transforme, para que endiose, “con llama que consume y no da pena”. Muy en fe, muy puramente espiritual, muy sencillo, muy teresiano, muy sanjuanista, muy joánico y paulino, muy cristocéntrico.
¿El itinerario de Las moradas teresianas? Seguramente, no. Quizá más sencillo, menos clasificado, más a lo san Juan de la Cruz. Pero para mí es evidente que la Madre Maravillas ha llegado a la unión transformante, a la unión abisal. Y todo oculto por su sonrisa sencilla, humilde, por su  maravilloso dominio interior y exterior. Ella no era nada.
Se comprende mejor, por todo esto, su bondad tan humana, tan sobrenatural, su influencia penetrante y eficaz entre tantas personas, no sólo de sus hijas, sino hasta de intelectuales que tuvieron relación con ella, como el doctor Marañón, el doctor Vega Díaz, etc. Su irradiación fue grande. Y la intuición extraordinaria que tenía para conocer situaciones de almas. Yo conocí algún caso de discernimiento realmente sorprendente y sobrenatural de la Madre acerca de una vocación para el Carmelo.
Esa vida mística tiene todas las garantías de autenticidad. Ortodoxa en su base doctrinal y por el profundo sentido eclesial de su fe y de toda su vida. Aprobada por hombres egregios en doctrina y espíritu que la conocieron. Proyectada luego en una vida de equilibrio y acierto en sus criterios, en su comportamiento, en toda su actuación. Por sus virtudes, tan ciertas y heroicas. Por su valía formadora: ahí están sus Carmelos, sus hijas, sus obras. Un capítulo interesantísimo de su biografía será el de la Madre Maravillas formadora. “Por sus frutos los conoceréis”. Madre Maravillas es por todo ello un magnífico testigo de Dios junto a nosotros, en el día de hoy.

15. La Asociación de santa Teresa


Se ha escrito por ahí que la Madre Maravillas reformó a las Carmelitas Descalzas. Nada más falso. Al contrario. Madre Maravillas quiso conservar en su sentido más genuino las observancias teresianas del Carmelo.
Remontémonos al año 1950. promulgación de la Constitución Sponsa Christi, por Su Santidad Pío XII, referente a la opción de Federaciones de los monasterios, con sus noviciados comunes, madres federales, religiosos que las asesoraban, con las consiguientes reuniones, visitas de los dirigentes de la Federación, cursillos, etc., etc. Cosa que bien hecha fue oportuna para algunas Órdenes.
En las Carmelitas Descalzas surgieron dificultades, pues no concordaba con lo que santa Teresa trazó: comunidades autónomas y estables, número limitado de monjas, estricta clausura, etc. En realidad, el Carmelo no necesitaba muchos cambios. La vida y observancia de las Carmelitas pueden y deben ser siempre las mismas.
Madre Maravillas consultó con muchas personas, entre ellas con el General de la Orden del Carmen, padre Silverio de Santa Teresa, y con el secretario de la Congregación de Religiosos, un español, el padre Arcadio Larraona, luego Cardenal. Todos ellos estuvieron de acuerdo.
Años después, el Vaticano II, recogiendo la invitación del Papa Pío XII, para ayudar a las religiosas contemplativas, en su Perfectae caritatis, les recomendó promover “Federaciones”, asociaciones o uniones de sus conventos.
Madre Maravillas aceptó incondicionalmente todas las nuevas normas jurídicas y litúrgicas que Roma pedía. Consiguió crear una “Unión” de Carmelos con las características que apuntaba el Decreto Perfectae caritatis, en el número 22: las mismas constituciones y costumbres, estar animadas del mismo espíritu y ser comunidades pequeñas. La finalidad de dicha Unión era que sus Carmelos, y otros que se adhirieran a ellos, pudiesen ayudarse con facilidad, espiritual y económicamente y hasta con el personal necesario, sin salidas ni entradas, sin visitas ni visitadoras, etc. Ya tenían para eso a los obispos. Y ella ya lo venía haciendo de siempre, como diremos luego.
El hecho es que esta Unión fue aprobada por Roma el 14 de diciembre de 1972, con el nombre de Asociación de Santa Teresa, y la Madre fue elegida Presidenta por unanimidad el 12 de marzo de 1973.

16. Toda para todos


En Madre Maravillas se conjugan la altura de contemplación y de acción. Es una mujer unificada por y en el amor divino.
Nos hemos asomado a su vida interior, que fue sin duda abisal. La hemos seguido andariega, fundando Carmelos por España. La hemos visto enfrentarse con problemas y situaciones difíciles. Pero no se agota su existencia en todo ello. No olvidemos la formación de sus monjas y el trabajo de correspondencia cada vez mayor que llevó consigo a lo largo de su vida. Añádanse las visitas y cartas de otras muchas personas, a las que atendió con toda caridad y paciencia. Pero aún hay más.
Su caridad en ayudas materiales a todos fue desbordante. A sus obreros (carreras a los hijos, delicadezas para suavizar sus trabajos del calor o del frío, colocaciones…), y a las familias de sus monjas, becas a seminaristas pobres, misiones, etc. Todos la querían.
Ayuda a otras comunidades, Carmelitas o no: arreglar un convento, renovar toda la instalación eléctrica en otro, etc. A los padres Carmelitas, además del Desierto de las Batuecas y la iglesia y convento de Talavera, les paga deudas, ayuda económicamente en la construcción del Teologado de Salamanca, ayuda también al colegio de Medina del Campo, les costea ediciones de libros y les proporciona medios económicos para sus necesidades particulares, etc.
Su generosidad no tenía límites. Ayudada por la priora del Cerro, proporcionó cantidad de sagrarios dignos para muchas parroquias de Ávila, de la contornada de Duruelo y Mancera que los tenían indecorosos después de la guerra. A su obispo, don Santos, le entregó una cruz de brillantes de su custodia de Duruelo para su seminario de Ávila, que se estaba construyendo. Gesto como el de Magdalena de Betania, que ungió con  ungüento  precioso  de  nardo los pies del Señor ante la murmuración de Judas… (Jn 12, 1-8). Pero hay otros muchos pobres siempre, además del gran pobre, Jesús.
Por eso, en los años últimos de La Aldehuela, junto a Madrid, levantará unos colegios para los niños pobres de aquella zona, con sus campos de recreo, etc. Y dieciséis casas prefabricadas para quitar otras tantas chabolas, y todo un complejo de iglesia, club de ancianos, sala de conferencias, club de jóvenes, etc. Ayudará al sacerdote de Perales del Río, capellán del convento de La Aldehuela, a fomentar y construir doscientas viviendas. Una verdadera obra social.
Y una casa para las Carmelitas que vienen a Madrid a consultas y operaciones. Y antes de morir puede ofrecer a Claune terreno amplio y medios económicos en Pozuelo de Alarcón para levantar una clínica para todas las monjas de clausura de España: la clínica lleva el nombre de “Madre Maravillas”. Se terminó después de su muerte. ¿Qué más…?
¿Y cómo podía hacer todo esto la Madre?
Pues muy sencillo. Contando siempre con la Providencia y cooperando con ella a conseguir los medios. Ya sabemos: las Carmelitas viven en estricta pobreza y austeridad, para ellas no pueden “demandar” nada, sí para otros. Ellas viven de sus trabajos, como ya dijimos. Son sus conventos pequeñísimos, pobres hasta el extremo, limpísimos, nazaretanos al pie de la letra. Los medios que la Providencia puso en manos de la Madre Maravillas, nunca los empleó para sí, ni para embellecer ni mejorar la pobreza de sus conventos. Las fundaciones, unas se hicieron con apuros humanos, otras con la ayuda de personas generosas, pero siempre con la confianza puesta en Dios.
A veces ella misma en las recreaciones consultaba a sus hijas: “¿Qué les parece, podríamos dar lo que tenemos del gallinero para resolver tal necesidad que nos piden?”. En alguna ocasión hasta les propuso levantar un convento entero, para las cistercienses de Brihuega, que estaba en extrema necesidad; y, a fuerza de interesar a muchas personas y con mucho trabajo por su parte, el convento pudo levantarse.
Realmente la Madre Maravillas ha sido un milagro de confianza en Dios y de hacer por Él en sus pobres, en sus consagrados, en las necesidades del Carmelo, en todos.
Ella, siempre tan hija de la Iglesia, como su Madre Teresa. Se la ha acusado injustamente de resistirse a hacer ciertos cambios que pedía el Vaticano II. No es verdad. Lo que hizo fue pedir humildemente a Roma que se conservase todo lo más posible de las observancias teresianas. Cosa que consiguió y dándole la razón del acierto. ¿Creen algunos que fue un poco lenta en realizar algunos detalles? Cuestión de prudencia. Muchas cosas se hicieron entonces por ahí a lo loco, teniendo en no pocos sitios que rehacer lo que se había destruido o de perderse para siempre leyes y costumbres admirables. Sabía ella muy bien las advertencias teresianas sobre estos problemas de “abrir la manga”, que no puede luego volverse a cerrar, sino agrandarse (Fundaciones c. 27). A la Madre Maravillas no le faltaron ni vocaciones muchas y  buenas ni sufrimientos ni gracias de Dios.

17. Últimos años


A la Madre Maravillas la llevó el Señor a La Aldehuela para vivir allí sus últimos años y para morir. Durante los mismos ya la vimos hacer viajes para nuevas fundaciones y restauraciones. Para hacer cuanto pudo a favor de todos. Y defendiendo la herencia teresiana con toda la serenidad y energía de que fue capaz. De 1961 hasta 1974, trece años…
Pero su cuerpo y sus fuerzas físicas iban decayendo. Encorvadita, como consecuencia de su manera de descansar toda su vida de monja, sentada en el suelo unas pocas horas.
De hecho, como ya vimos, el 7 de noviembre de 1962 tiene un trastorno vasculocerebral grave y del que, sin embargo, se recuperó completamente. El 27 de octubre del año 1972 sufrió una parada cardiaca muy seria, de la que salió gracias al masaje cardiaco practicado por una hermana, que era enfermera. Recibió la santa Unción. Cuando en estos últimos años las monjas le preguntaban por su salud, respondía: “Hija, yo bien no me encuentro nunca”. Y añadía, quitándole importancia: “A mis años, es lo natural”.
Se ha escrito con mucha ligereza que la Madre Maravillas estuvo en sus últimos años bloqueada por un triple cerco que la influía fuertemente: el de algunos sacerdotes y religiosos, el de las familias de algunas monjas, y el de las mismas monjas que la rodeaban. Cierto que como todo mortal padecería influencias. Lo contrario sería imposible. El ambiente nos ayuda y nos limita a todos. Pero a una mujer tan valiosa e inteligente, ello tuvo que ser muy relativo. Los directores y consejeros espirituales que tuvo fueron hombres de gran santidad y personalidad; ella supo hacer un discernimiento muy clarividente en medio de un mundo en confusión, en concreto en el mundo eclesial. De las familias y amistades de sus conventos recibiría información mas o menos objetiva o subjetiva, pero nos consta de cómo ella sabía aceptar o no, cribar ese mundillo de criterios diversificados. Y en cuanto a sus monjas hay que decir lo contrario: ella era quien las influía; lo que ocurría es que en sus años de La Aldehuela, dada su edad y enfermedades, tenía que estar más ayudada y sustituida en ocasiones, como en el locutorio, por ellas. Hombres de prestigio que conocían bien aquel ambiente, como el doctor Vega Díaz, admiraban, casi tanto como a ella, a su “enturage”.
Ciertamente, hasta su muerte se mantuvo siempre con plena lucidez mental, aunque su cuerpo, dada su vida de penitencia, sus enfermedades, sus sufrimientos y trabajos, se iba consumiendo lentamente. Cada vez tenía más dificultad de caminar; por eso sus hijas pasaban el final de la recreación en su celda.
Este año de 1974 fue el de las bodas de oro de la fundación del Cerro (19 de mayo), y el día 30 las de su profesión solemne, que celebró silenciosamente. Ahora, en el mes de diciembre, iban a ser las eternas.
Hasta el 5 de diciembre asistió a Misa de comunidad, último día que comulgó en el coro. Se llamó al doctor Vega Díaz, que la encontró muy mal. Y así el día 8, fiesta de la Inmaculada, recibió el Viático y la Unción, con pleno conocimiento, que conservó hasta morir.
Su muerte fue sencilla, sin nada extraordinario. Vestida con su hábito, en la hamaca que estos últimos meses le hacía de cama, sonriendo y despidiendo a todas con la mano. El 10 pudo aún confesarse y comulgar. “¡La verdad… que somos felices…! ¡Qué felicidad… morir… Carmelita!”, repetía muchas veces. El día 11, miércoles, expiraba dulcemente, a las cuatro y veinte de la tarde.
Todos estos años y toda su vida fueron una incesante oración por los grandes intereses de Dios en el mundo: Iglesia, Papa, Carmelo, religiosos, pobres… Y haciendo en pro de ellos cuanto podía. Ella se había grabado a fuego en el pecho el anagrama de Jesús. Había escrito en una ocasión: “No quiero la vida más que para imitar lo más posible la de Cristo”. Y esta fue su vida hasta morir.
El funeral tuvo lugar el día 12, pero el entierro hubo que retrasarlo hasta el día siguiente por las señales de incorrupción que ofrecía y el perfume exquisito que exhalaba. Los asistentes pudieron pasar directamente objetos innumerables por su cuerpo, ya que el Visitador de religiosas de la entonces diócesis de Madrid-Alcalá abrió la clausura.
Más tarde, el 14 de diciembre de 1981, ante la insistencia de innumerables fieles, con permiso de la Congregación para las Causas de los Santos, fueron trasladados sus restos mortales a la iglesia, bajo la reja del coro. Rodeados siempre de flores, pueden ser venerados por sus devotos. El Proceso de Beatificación se abrió el 22 de enero de 1981. Y culminó con el Decreto de la aprobación de sus virtudes heroicas el 17 de diciembre de 1996. El Decreto de aprobación de un milagro atribuido a su intercesión, entre las muchas gracias que se cree se deben a la misma, tuvo lugar el 18 de diciembre de 1997.
Su Santidad Juan Pablo II la beatifica solemnemente en San Pedro de Roma el 10 de mayo de 1998 y la canoniza el 4 de mayo de 2003 en la madrileña Plaza de Colón.

18. Su misión


Pero la Madre Maravillas ha tenido una misión. Hay almas particularmente elegidas. Porque todos en última instancia lo somos. Y todos tenemos por eso una misión y los carismas que ésta necesite para realizarse. Todos somos Iglesia. Pero algunos tienen una misión especial. Madre Maravillas la ha tenido. Para descubrirla tenemos antes que volver la mirada hacia el Carmelo teresiano.
El Carmelo tuvo orígenes eremíticos y estrictamente contemplativos en Oriente. Al venir a Occidente se hizo otra cosa: Orden mendicante; por consiguiente, dedicada al apostolado externo como las demás, sin perder por ello sus raíces monásticas y contemplativas. Las Órdenes mendicantes hacen a sus frailes monjes en medio del pueblo. Pero el Carmelo nunca perdió la añoranza del desierto, de donde venía. Por eso todas  sus  reformas  insisten  en  mirar  hacia  él,  hacia  la  contemplación  silenciosa. E intentan siempre fórmulas más o menos de compromiso en las que la vida contemplativa en grande se conjugue con la vida de acción apostólica, en grande también. Una síntesis un poco ideal y desde luego un poco difícil. Me refiero hasta ahora al Carmelo en los varones.
Santa Teresa fue, por su psicología, una mujer para la acción: su simpatía humana, su don de la conversación, su habilidad para los quehaceres, su energía, su dinamismo la invitaban a ello. Pero Dios, así milagrosamente, hizo de ella una contemplativa cien por cien. Su vocación cerebral a la vida conventual en La Encarnación de Ávila y sus largos años de forcejeo en la práctica de la oración y contemplación, que conocemos por su autobiografía, nos dicen lo que costó a Dios y a ella empaparse de esa presencia y posesión amorosa de Dios, espiritualmente más o menos habitualmente sentidas. Cuando eso se hubo logrado, Dios mismo la lanzó a la acción, una acción para la cual estaba por naturaleza magníficamente dotada y que fue tan eficaz y penetrante por el aliento de caridad divina que la animaba.
¿Qué quiso hacer santa Teresa con su obra reformadora? Desde luego, esa obra se inserta, y en parte se explica, en y por el movimiento reformista que sacude entonces a la Iglesia. No es obra tridentina, es decir, no depende de Trento, pero sintoniza con las soluciones y preocupaciones del Concilio y queda protegida por sus decisiones. Téngase en cuenta que la santa no adquiere conciencia de su misión de reformadora de la Orden hasta el año 1567, cuando el padre General Rossi la autoriza y manda fundar nuevos conventos de monjas, y consigue además de él poder establecer también algunos monasterios de frailes contemplativos. Antes ella no había pensado más que en terminar su vida escondida en el conventito de San José de Ávila.
El pensamiento de la santa acerca de lo que ella hubiese querido que fuesen sus Carmelos femeninos es diáfano, y se plasmó al pie de la letra en ellos: vida contemplativa, claustral, toda oración, austeridad, pobreza, trabajo a favor de la Iglesia, sacerdotes, herejes, infieles. Contemplación amorosa apostólica vivida en un marco evangélico, nazaretano, una especie de eremitismo espiritual, si se quiere, en entrega espiritual por los hombres. Eso fue todo.
Varias veces ha surgido el interrogante: ¿Qué hubiese hecho santa Teresa si hoy, en esta generación del activismo, hubiese vivido? La respuesta es inútil, pues se trata de un puro futurible. Ella recibió en sus circunstancias el carisma divino para hacer lo que hizo; hoy no sabemos lo que Dios hubiera querido de ella. Podemos aventurar, sin embargo, que seguramente lo mismo, ya que la vida contemplativa sigue vigente en la Iglesia y quizá con más urgencia que nunca, a pesar de las crisis que la atraviesan y la sacuden. Hoy esa necesidad y actualidad de la vida contemplativa en sí, e “institucionalizada”, son vivísimas, precisamente dadas las dificultades que estamos atravesando. El misterio eclesial lo lleva consigo. En la Iglesia peregrinante tiene que haber ese grito de vida contemplativa amorosa, vida y quehacer que es el destino escatológico y eterno hacia el cual toda esta Iglesia peregrinante se dirige.
Esa vida contemplativa vivida así, auténticamente, seriamente, es como el corazón escondido de la Iglesia, la fuente oculta del amor en ella, según la imagen bellísima de santa Teresita del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia. Y esos monasterios de vida contemplativa, los Carmelos en concreto, son como hogueras de caridad en medio del mundo. Son como altas centrales de energía espiritual, que desde allí silenciosa y misteriosamente se irradia.
De hecho la historia del Carmelo teresiano ha sido gloriosísima. Desde aquel 24 de agosto de 1562, en que se funda San José de Ávila, hasta hoy.
Santas numerosas han florecido en el Carmelo: Santa Teresa Margarita del Sagrado Corazón; santa Teresita del Niño Jesús, la gran santa de los tiempos modernos; santa Teresa de Jesús (“de los Andes”); la dulce secretaria y enfermera de santa Teresa beata Ana de San Bartolomé; beata María de la Encarnación (Mme. Acarie), la que centra todo el movimiento espiritual de Francia en el siglo XVII y es la principal promotora de la implantación allí de las Carmelitas españolas; beata María de los Ángeles; beata María de Jesús; beatas mártires de Compiègne, a las que hizo célebres sobre todo Bernanos con sus Diálogos de Carmelitas; beata María de Jesús Crucificado (“la pequeña arabita”); beata Isabel de la Trinidad; santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), la mujer más intelectual e impresionante del siglo XX; beatas mártires de Guadalajara; la nueva beata, la mártir madre Sagrario de San Luis Gonzaga y santa Maravillas de Jesús.
Hasta ahora el Carmelo teresiano se ha conservado espléndido; espléndido de espíritu y de observancia; intacto, como salió de las manos de la Madre Teresa. Pero ahora atravesamos “tiempos recios”, que diría la misma santa. Sin duda, ella los afrontaría serena, sin miedo, trabajando, orando. Ella misma ha escrito: “La verdad padece, pero no perece” (Carta 277).
Pues bien, Dios envió en esta coyuntura crítica a la Madre Maravillas. El Vaticano II ha pedido a los religiosos volver a las fuentes, renovarse según el espíritu de sus fundadores. Las fuentes del Carmelo teresiano estaban puras, cristalinas. Las únicas adaptaciones que había que hacer serían, por consiguiente, aquellas que las necesidades eclesiales e históricas imponen a todos: la liturgia y los medios prácticos, dentro de la pobreza, que exige la actual civilización. Por otra parte, la vida contemplativa en sí misma no exige más que el silencio y profundidad en su propio carisma, y esto será siempre lo mismo. Exhibirla es contradecir a lo que es esencial a ella misma.
Antes preguntábamos: ¿Qué hubiese hecho hoy santa Teresa? La respuesta teórica ya la dimos. Si la obra que Dios le pidió en el siglo XVI es de la misma vigencia y de la misma necesidad en el siglo XX, seguramente hubiera hecho lo mismo. En cuanto a la respuesta práctica, o existencial, si así queréis llamarla, una de ellas es lo que ha hecho la Madre Maravillas. Conservar ese espíritu de contemplación amorosa y misionera al máximo, en ese formato de autenticidad, de pobreza, de trabajo manual, de silencio, de alegría clásico del Carmelo. Conservar y multiplicar estos “palomarcitos de la Virgen” como oasis de paz, de oración, de amor en medio de ese mundo amargado, conflictivo, triste a pesar de su egoísmo, y precisamente por ello, porque ese egoísmo, como ha dicho el Papa, proporciona placeres, pero no alegría. Bajo esta perspectiva, Madre Maravillas es una santa Teresa de hoy, como muchos la han llamado, entre ellos, varios de los Consultores Teólogos que en Roma, en 1996, estudiaron la heroicidad de sus virtudes. Ese ha sido su carisma, esa ha sido su misión.


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